El 13 de febrero no será una fecha más en la historia reciente de Altos Hornos Zapla.

El proceso electoral que se avecina en Altos Hornos Zapla no solo definirá autoridades sino que pondrá en juego un modelo de conducción desgastado, atravesado por tensiones internas, reclamos de los clubes y un clima de desconfianza creciente hacia el oficialismo encabezado por Daniel Fin, frente a una propuesta opositora que impulsa Antonio “Chaco” Romero con un discurso centrado en la apertura, la participación y la reconstrucción institucional.
No se trata simplemente de elegir una comisión directiva; se trata de decidir qué club se quiere ser. La elección condensa una disputa más profunda que excede los nombres propios y se proyecta sobre dos modelos de conducción. De un lado, la continuidad de una gestión cada vez más cuestionada; del otro, la irrupción de una alternativa que propone volver a pensar al Club como un espacio colectivo.
Antonio “Chaco” Romero emerge como la voz de ese cambio que se reclama en los pasillos del fútbol jujeño. Su discurso no se construye desde la confrontación vacía, sino desde una crítica política al modo en que se ha administrado Zapla en los últimos años. Romero habla de participación real, de devolverles protagonismo a los clubes, de transparentar decisiones y de recuperar la identidad histórica de una institución que supo ser orgullo popular y hoy parece atrapada en una lógica burocrática.
En sus palabras aparece una idea central: “Zapla no puede seguir siendo conducido desde la distancia. La gestión del fútbol no puede reducirse a resolver calendarios ni a sostener estructuras sin debate”. Romero plantea que el Club necesita volver a escuchar a quienes lo sostienen cotidianamente; dirigentes barriales, entrenadores, jugadores y socios. Su propuesta se apoya en un concepto simple pero potente: abrir el juego donde hoy hay cerrojos y construir consenso donde hoy hay imposición.
La candidatura opositora se presenta como una respuesta al cansancio institucional. No promete soluciones mágicas, pero sí un cambio de clima político. En tiempos donde la dirigencia aparece desconectada de la realidad social, su mensaje interpela a una comunidad futbolera que siente que el Club se fue alejando de su gente. La renovación, en este sentido, no es un slogan: es una necesidad histórica.

Del otro lado del escenario se encuentra Daniel Fin, candidato del oficialismo, quien intenta sostener una continuidad bajo el rótulo de “renovación”. Sin embargo, su figura carga con el peso de una gestión que fue perdiendo legitimidad con el paso del tiempo. Lo que en un inicio se presentó como orden y estabilidad, hoy es percibido como un estilo cerrado, poco dialoguista y sostenido más por la inercia del poder que por un proyecto colectivo.
En los pasillos del fútbol jujeño se habla de decisiones tomadas sin consenso, de reuniones que no alcanzan para explicar lo inexplicable y de una conducción que se acostumbró a administrar sin escuchar. La política deportiva, cuando se vuelve rutina, deja de ser conducción para transformarse en mera conservación del cargo.
Mientras tanto, los clubes transitan una realidad muy distinta. Problemas económicos, canchas deterioradas, calendarios inestables y arbitrajes discutidos forman parte del paisaje cotidiano. La sensación de abandono institucional se repite como un murmullo persistente en vestuarios y tribunas. El fútbol, que debería ser un espacio de encuentro y construcción social, quedó atrapado en una interna dirigencial que lo reduce a un botín político.
El proceso electoral, lejos de ser una formalidad administrativa, se transforma en un plebiscito simbólico sobre una manera de gobernar. La continuidad del oficialismo representa para muchos la prolongación de un ciclo agotado. La palabra “renovación” aparece entonces no como consigna vacía, sino como demanda concreta. No se trata solo de cambiar nombres, sino de cambiar prácticas: abrir el juego, transparentar decisiones y devolverle legitimidad a una conducción que hoy se percibe distante.
El fútbol refleja, como pocos espacios, las tensiones de la política. Hay promesas, alianzas, silencios estratégicos y discursos que buscan sostener una imagen de normalidad. Pero la cancha, como la calle, no miente. Cuando el descontento crece, ninguna narrativa alcanza para taparlo. Y cuando una gestión se defiende más de lo que propone, el poder empieza a mostrar fisuras.
Daniel Fin enfrenta así el tramo más complejo de su liderazgo. Ya no se discuten solo resultados deportivos, sino el sentido mismo de su conducción. Gobernar Zapla implica mucho más que organizar torneos: implica representar comunidades enteras, a jugadores amateurs, a técnicos, a hinchas y a barrios que encuentran en la pelota un refugio frente a la crisis social. Cuando esa representación se debilita, el cargo pierde legitimidad aunque conserve autoridad.
Las elecciones en Zapla se convierten en un espejo del momento institucional. No hay clima de fiesta democrática, sino de tensión contenida. Se vota en un escenario donde la palabra “cambio” pesa más que la palabra “continuidad”, y donde la gestión oficialista carga con el peso de sus propias decisiones. La historia reciente no se borra con afiches ni con discursos; se arrastra como una mochila.
El fútbol jujeño necesita algo más que administradores del reglamento. Necesita dirigentes con sensibilidad social, con mirada estratégica y con vocación de diálogo. Necesita menos rosca y más proyecto. Menos cálculo político y más identidad deportiva. Porque cuando el poder se encierra en sí mismo, el fútbol deja de ser popular para volverse burocrático.
Esta elección no define solo quién conduce Zapla. Define qué tipo de fútbol se quiere para los próximos años. Uno basado en la continuidad de un modelo discutido o uno que se anime a romper con inercias y devolverle protagonismo a los clubes. La disyuntiva es clara, aunque el resultado aún sea incierto.
En tiempos donde la política invade todos los espacios, el fútbol no puede ser excepción. Pero tampoco puede resignarse a ser un apéndice del poder. La pelota pertenece a la gente, no a los escritorios. Y cada elección es una oportunidad para recordarlo.
Las elecciones en Zapla no es solo una fecha en el calendario, es un síntoma. El síntoma de un ciclo que se discute, de una gestión que se desgasta y de una comunidad futbolera que empieza a reclamar algo más que promesas. Entre la renovación que propone Antonio “Chaco” Romero y una gestión cada vez más cuestionada encabezada por Daniel Fin, el fútbol jujeño se juega su propio futuro.
Por Agustín Aguilera Aquino para Las 24 Horas de Jujuy
