En Caraballeda, un sismo devastador dejó a 17.000 personas sin hogar, con un saldo de más de 3.500 muertos. Residentes de vivienda pública y dueños de yates enfrentan la misma tragedia.

En este pintoresco pueblo costero, la tragedia del sismo no discrimina entre clases sociales. Desde lujosos apartamentos con vista a la marina hasta torres de vivienda pública, todos sufrieron el impacto devastador del temblor que dejó a más de 17.000 personas sin hogar.
El 24 de junio, mientras muchos disfrutaban de un día festivo, el suelo tembló con tal fuerza que decenas de edificios se derrumbaron en cuestión de segundos. La violencia del sismo ha dejado un saldo trágico de más de 3.500 muertos, y ahora los sobrevivientes deben enfrentar la incertidumbre de su futuro habitacional.
La situación es crítica, ya que quienes antes compartían el paraíso caribeño ahora deben depender del gobierno, que ha sido severamente criticado por su respuesta a la crisis. El gobierno, autodenominado socialista, ha administrado la construcción de viviendas a lo largo de los años, pero muchos de los habitantes de estas casas no poseen títulos de propiedad, lo que los deja en una posición vulnerable.
A pesar de las dificultades económicas que ha enfrentado el país desde 2013, muchos venezolanos se las han ingeniado para tener un techo, ya sea a través de asignaciones gubernamentales o por ocupaciones informales. Pero ahora, tras el desastre, la realidad es que sus hogares han quedado reducidos a escombros.
«Era su hogar, su casa. Era una felicidad enorme cuando le asignaron estas casas aquí», comentó Carlos Ortega, quien ha perdido a varios familiares en el colapso de las torres de vivienda pública. Su hijo, que vivía en un noveno piso y estaba trabajando en el momento del sismo, sigue desaparecido.
Mientras los rescatistas continúan buscando sobrevivientes entre los escombros, la comunidad enfrenta un dilema: la falta de apoyo gubernamental en las labores de rescate ha generado descontento y desesperación entre los afectados. Muchos se agrupan en campamentos improvisados, esperando una respuesta que aún no llega.
La magnitud de la destrucción es evidente; se estima que al menos 10.000 estructuras han sido dañadas en Catia La Mar, una ciudad cercana, lo que resalta la vulnerabilidad de las construcciones en la región. Los edificios antiguos y la geografía desfavorable han dejado a muchos barrios expuestos a desastres de esta naturaleza.
La realidad del gobierno de Delcy Rodríguez es que aún no se han establecido plazos claros para la recuperación de viviendas, lo que deja a los sobrevivientes en un estado de incertidumbre. A medida que las esperanzas de un futuro mejor se desvanecen, la comunidad lucha por reconstruir sus vidas, enfrentándose a un futuro incierto.
(Cadena3)
