Jóvenes de la Puna: Estudiar entre el sacrificio y la esperanza

Cuando los jóvenes de las comunidades del norte jujeño terminan el secundario y toman la decisión de seguir estudiando alguna carrera universitaria o aprender oficios, la opción más viable siempre termina siendo el mudarse a San Salvador de Jujuy.

Obra «Madre Coya» año 1940, fotografía tomada por Alejo Grellaud

Sus familias hacen el esfuerzo y juntan como pueden los pesos necesarios para afrontar un futuro alquiler en la ciudad. No les queda otra opción, más que el sacrificio ya que los ingresos en el norte son una miseria y la ciudad no tiene nada preparado para recibirlos.

La Comisión Municipal de Barrancas reúne a Aguas Blancas, Tres Pozos, Rinconadilla, San Francisco de Alfarcito, Tusaquillas, Sausalito, Santa Ana, Queñualito y Cianzo. Unas 1.500 personas viven en ese territorio.

Se sostienen con artesanías, ganadería, algo de agricultura, algo de turismo en Barrancas y Alfarcito y la cooperativa de sal en las salinas de Tres Pozos. Estas comunidades trabajan desde siempre con lo que tienen.

De esas 1.500 personas, cerca de 100 jóvenes ya no viven en sus comunidades porque migraron para terminar el secundario, iniciar alguna carrera universitaria, estudiar en la Escuela de Policía, aprender oficios o trabajar ya que en sus comunidades no tienen oportunidades laborales.

La mayoría de ellos alquilan en los barrios Chijra, Campo Verde y en Alto Comedero.

Buscan alquileres que sean más o menos pagables —una habitación arranca desde los $180.000 y un monoambiente puede costar hasta $550.000—. No cuentan con ningún tipo de apoyo que reconozca que no son estudiantes comunes: son hijos de comunidades del norte que vinieron a formarse porque allá no hay otra opción.

¿Cuál sería la solución?

Este problema se soluciona de una forma muy simple y es mediante la construcción de un albergue comunitario, porque el problema de la falta de alojamiento no lo tienen solo los jóvenes sino también sus familias, que cuando se ven obligados a bajar a la ciudad para ver algún especialista médico o realizar algún trámite, si no tienen ningún familiar terminan durmiendo en cualquier lugar, como por ejemplo la terminal de ómnibus o algún lugar seguro donde resguardarse ya que dinero para hoteles hoy en día no le alcanza a nadie.

El albergue sería la respuesta justa para estos jóvenes y sus familias. Que hasta el día de hoy las comunidades no cuenten con un albergue comunitario no es solo un olvido, es la muestra más clara de que a ningún funcionario le interesó solucionar esta situación.

Las tierras están, la voluntad no

La provincia tiene terrenos que podría ceder. Construir un albergue comunitario no requiere ninguna hazaña legal ni presupuestaria extraordinaria. Solo requiere que alguien decida que esto importa.

¿Y la construcción?

Las empresas mineras que operan en Jujuy se benefician de los recursos y los territorios de estas mismas comunidades. Que pongan plata para que los hijos de esas comunidades tengan dónde vivir mientras estudian, no es una exigencia descabellada. Es lo mínimo que pueden hacer.

Se van para volver

Estos jóvenes no olvidan sus raíces. Se van a estudiar con la esperanza de volver con las herramientas necesarias para poder desarrollar sus comunidades, para trabajar en salud, en educación y en la gestión de sus propios territorios.

Pero si no tienen dónde vivir con un mínimo de dignidad mientras estudian, muchos no logran terminar sus estudios. Y los que terminan, se quedan en la ciudad porque en sus comunidades el Estado provincial no los acompaña, ni brinda las oportunidades para aplicar lo aprendido ni generar fuentes laborales.

Un albergue comunitario no es caridad, es una política de arraigo. Es decidir que los hijos del norte también pueden formarse sin que sus familias se endeuden o se partan al medio para bancarlos.

La provincia puede poner los terrenos y las mineras pueden poner la plata. Lo que falta es que alguien entienda que estos territorios no son solo zona de extracción. Son comunidades con futuro, si alguien se anima a acompañarlas.

Por Marcelo Alejandro Cabero

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