Altos Hornos Zapla cerró una tarde de nervios, transpiración y resistencia en el Coronel Emilio Fabrizzi, donde el conjunto merengue derrotó por 1-0 al siempre incómodo Club Social, Cultural y Deportivo Pampa Blanca.

Fue un triunfo que llegó sobre el final, con el estadio latiendo en un solo corazón y con esa mística de hierro y acero que identifica al Club de Palpalá desde su propia historia.
El trámite, de arranque, fue más enredado que prolijo. Durante buena parte del primer tiempo, y hasta por momentos del complemento, ambos equipos se arrimaron con insistencia, aunque sin demasiada claridad, generando un ida y vuelta que dejaba más dudas que certezas. Zapla buscaba, empujaba, pero le costaba horrores encontrar ese último pase que rompiera el equilibrio. Pampa Blanca, por su parte, respondía con coraje y presión, manteniendo al local atento y con los dientes apretados.
El arbitraje tampoco ayudó a templar los ánimos. Matías Sepúlveda firmó una actuación para el olvido: impreciso, sin autoridad y con decisiones que exasperaron a más de uno en la tribuna. Sus líneas, en cambio, fueron lo más correctos. Para colmo, el juez decidió no adicionar absolutamente nada en el final, como si el partido precisara menos tensión de la que ya tenía.
Pero Zapla, cuando más complicado estaba, apeló a su vieja identidad de equipo que gana luchando. Y ahí apareció él: Ignacio “Nacho – el Chino – Lobo”, con un golazo que rompió la modorra, sacudió el silencio contenido y desató un grito de desahogo que hizo vibrar al Fabrizzi. Una definición exquisita, de esas que se graban en la memoria del hincha merengue porque saben a clasificación, sufrir, aguantar, meter y no regalar ni un centímetro. Zapla terminó defendiendo la ventaja con uñas, dientes y corazón, contra un rival que jamás bajó los brazos. Cuando el árbitro pitó el final –sin un solo minuto extra– llegó la explosión: los jugadores abrazados, la gente delirando y la sensación clara de que este equipo está dispuesto a dejarlo todo.
La clasificación costó, vaya si costó. Y lo que viene será aún más bravo: duelos de ida y vuelta, de esos donde se impone el carácter, la inteligencia y la fibra. Pero si algo demostró Zapla essa tarde es que tiene alma de hierro, corazón de acero y una hinchada que empuja siempre, aun cuando el viento sopla en contra.
Zapla ganó sufriendo, como marcan los viejos manuales del fútbol uruguayo. Pero ganó. Y en estas instancias, eso vale oro.

Por Nicolás Casas
