A fines de la década del 70 y comienzos del 80, cuando Héctor Tizón se encontraba autoexiliado en España, redactó una novela relativamente corta, que considero uno de los puntos más altos alcanzados por este autor.

A fortiori o con mayor razón, decir que la casa y el viento se sitúa en este nivel es sostener, al mismo tiempo, que esta obra constituye también uno de los puntos centrales de lo que vagamente podríamos denominar literatura jujeña.
“Quizás no se insista lo suficiente en que la creación literaria no tiene patria, ya que sus posibles lectores pueden encontrarse en cualquier lugar del mundo, entre ellos yo mismo, que escribo estas líneas desde el otro lado del Atlántico”, destacó Espejo.
En esta corriente de primera magnitud se sitúa Veta abajo, la novela de Pablo Baca, publicada en Madrid, después de haber terminado como finalista en la convocatoria de un premio internacional.
“La asociación entre estas dos novelas, separadas por casi medio siglo, no sólo se produjo en mí por la calidad de ambas, sino porque, en determinado momento, ambos protagonistas erran por la Puna, uno rumbo al exilio y el otro hacia un lugar indeterminado”, señaló .
El personaje de Veta abajo se propone, desde el comienzo, evocar a “una mujer semejante al fuego”.

Recordando a la vez, “todos conocemos el famoso mito de Ícaro: el hijo de Dédalo pierde sus alas y se precipita a tierra por acercarse al sol, pues ¿qué es el fuego sino lo innominado que posee innumerables rostros? Sin embargo, en esta tarea de atrapar lo insondable femenino, casi un arquetipo desde los comienzos del gran romanticismo alemán (“lo eterno femenino nos llama hacia lo alto” sentenció Goethe) el narrador intenta simultáneamente seguir el consejo de su padre y conocer el mundo”.
Este narrador, del cual casi ni sabemos bien el nombre, es un jujeño, ya anciano en sus palabras, que intenta reconstituir lo vivido y, algo mucho más inasible, lo sentido hacia Cali, una muchacha que es también un poco la diosa Kali de los hindúes, remontándose a una época ambigua, cuando él estudiaba, que podría ser situada en los años de la dictadura. La geografía de la novela también es ambigua, pero no deja ninguna duda de que transcurre en lo que conocemos como el Noroeste argentino.
Las imprecisiones de tiempo y espacio le permiten a Baca construir un texto donde la narración se acerca al mito, en el sentido en que Rulfo disolvía la sucesión de acontecimientos en una especie de eterno retorno, donde la vida se entremezcla con la muerte y la realidad con la indeterminación de la memoria que la vuelve presente. Es factible que el autor se haya valido de algunos elementos autobiográficos, pero esto carece de importancia, ya que lo esencial de la novela reposa en un yo narrativo de alguien que no sabe verdaderamente quién es.
¿No es acaso el destino del ser humano nunca saber de manera definitiva quién es? Desde el epígrafe de Borges, “desbaratada la ficción del tiempo”, Veta abajo se precipita hacia la zona abismal de las minas y los socavones, experiencia que el narrador ha heredado del padre, aunque de un modo metafórico y simbólico, como si fuera imposible ir hacia lo profundo de un modo lineal y directo. Pablo Baca logra con su excelente novela que el descenso a los abismos sea, en un mismo movimiento, el camino hacia la alegría de la luz.

(Por Miguel Espejo)
