Diálogo con la voz de la Quebrada: Tomás Lipán, el cantor que lleva Purmamarca al mundo y vuelve a su tierra

Un diálogo con la voz de la Quebrada, un hombre que llevó a Purmamarca por el mundo y que vuelve a cantar en su tierra, en un festival folclórico que se realizará después del Jueves de Compadres.

Tomás Lipán y el canto por su tierra

Señoras y señores, en mis once años de carrera jamás me sentí tan sereno y tan justo como en esta charla. Fue una entrevista maravillosa con un grande que sigue andando los caminos del canto: Don Tomás Lipán.

Nos sentamos a conversar como se conversa en el norte; sin apuro, con palabras que salen despacio y con la música rondando el aire. Tomás Lipán no habla como una leyenda del folclore; habla como un hombre de Purmamarca que nunca se fue del todo de su tierra, aunque haya llevado su voz a escenarios lejanos.

—Mirá, yo nací Tomás Ríos —me dice—, pero el apellido Lipán lo elegí porque es el nombre de mis abuelos, de mis ancestros. Es como llevar la historia escrita en el pecho. No es un nombre artístico, es una responsabilidad. Es decirle al mundo: yo vengo de acá, de esta tierra, de esta gente.

Su infancia está marcada por el paisaje

—Mi niñez fue Purmamarca pura: el cerro, el viento, el agua bajando por la acequia, los animales, la gente sencilla. Yo aprendí a cantar escuchando la quebrada. No había escuela de música, había paisaje. Todo eso se me quedó en la voz. Por eso cuando canto, no canto solo yo: canta el cerro conmigo.

Hablar de su origen aimara es hablar de su manera de estar en el mundo.

—Eso está en todo lo que hago. No es una cosa que se muestra, es una cosa que se vive. La raíz no se ve, pero sostiene al árbol. Mi música nace de ahí, del respeto a la Pachamama, del silencio, del dolor antiguo y de la alegría simple. Yo no podría cantar sin esa raíz, sería como cantar sin alma.

Le pregunto cuándo sintió que el canto era algo más que una pasión.

—Cuando me di cuenta de que no podía dejar de cantar. Podía estar trabajando de cualquier cosa, pero igual cantaba. Caminando, en la casa, en la soledad. Ahí entendí que no era un pasatiempo; era mi destino.

En los años setenta integró el grupo Sones de América.

—Ahí aprendí a escuchar. En un grupo uno aprende que no está solo, que la voz es parte de un todo. Aprendí humildad, compañerismo y disciplina. La música no se hace solo con talento, se hace con respeto por los otros.

En 1980 inició su camino como solista.

—Fue difícil, claro. Es como irse de la casa. Da miedo caminar solo, pero también es necesario. El camino se vuelve más largo, pero también más sincero.

Entre 1991 y 1997 fue la voz del grupo de Jaime Torres.

—Jaime fue un maestro y un hermano mayor. Él llevó el charango al mundo y yo llevaba mi voz jujeña. Con él aprendí que la música andina no tiene fronteras.

Cuando lo recuerda, baja la voz.

—Lo más grande que me enseñó no fue musical, fue humano: el respeto. Respeto por la música, por el escenario y por la gente. Nunca se creyó más que nadie. Eso es ser grande de verdad.

Tiene una discografía amplia, pero no elige un solo disco.

—No podría elegir uno. Cada disco es un tiempo de mi vida. Son como hijos: no se elige entre ellos.

Sus canciones hablan de la tierra, del amor, del dolor y de la memoria

—Yo canto para decirle a la gente que su historia vale. Que no está sola. Que su dolor también puede ser canción.

Sobre el folclore actual reflexiona con cautela.

—Siempre hay peligro de perder la raíz, pero también hay esperanza. Mientras haya un chango que cante baguala con respeto, el folclore sigue vivo.

Y define a la música del norte argentino con una imagen simple.

—La nuestra es música de tierra. No nació en un salón, nació en el cerro. Es música que camina descalza.

Su voz recorrió Japón, Australia, Alemania, Londres y América Latina.

—El público de afuera se emociona. No entiende las palabras, pero entiende el sentimiento. La música es un idioma más viejo que las palabras.

Cuando una zamba o una baguala jujeña conmueve a alguien que no habla español, lo vive como una victoria silenciosa.

—Ahí uno se da cuenta de que la quebrada también puede hablarle al mundo.

Sobre Jujuy es claro:

—Todavía falta reconocimiento, pero vamos caminando. Jujuy tiene una cultura enorme, profunda, que merece ser escuchada.

Con más de cincuenta años de trayectoria, Tomás Lipán observa a los jóvenes artistas del norte argentino con una esperanza que no es ingenua, sino consciente. Hay talento y hay conciencia. Lo importante es que no se avergüencen de su origen. Que no cambien su raíz por una moda.

Cuando alguien lo llama “leyenda”, se ríe con la humildad de los hombres que saben quiénes son.

—Yo soy un cantor nomás. Nada más.

Hablar de sueños pendientes, en su caso, no es hablar de metas grandilocuentes sino de permanencia.

—Cantar mientras la voz me acompañe.

Si tuviera que definirse en una sola palabra, no duda:

—Peregrino.

Y Purmamarca sigue siendo el centro simbólico de su vida.

—Es mi raíz y mi descanso.

Al pueblo jujeño le deja un mensaje simple y profundo:

—Gracias por caminar conmigo todos estos años

Antes de despedirnos, levanta una copa de jugo de uva y brinda por los jóvenes comunicadores y por los nuevos cantautores folclóricos que está pariendo la provincia de Jujuy. Habla de Europa, de escenarios impensados para un cantor nacido entre cerros, y de cómo la música jujeña logró atravesar idiomas, geografías y culturas. En ese gesto mínimo —un brindis, una palabra, una sonrisa— se condensa toda una filosofía de vida: la de quien nunca se creyó más grande que su tierra.

Don Tomás Lipán enseña, sin proponérselo, que no se trata solo de cantar, sino de sostener una identidad. Que la voz no es un instrumento aislado, sino una memoria colectiva que se transmite. Su garganta sigue activa desde 1980, pero su verdadero legado está en otra parte: en haber demostrado que se puede recorrer el mundo sin desprenderse del origen, que se puede llegar lejos sin dejar de ser quien uno es.

Para quienes contamos historias —periodistas, narradores, comunicadores, cantores— su vida es una lección ética y cultural. Nos recuerda que la comunicación no es solo un acto técnico, sino un acto de amor por lo que se nombra. Que cada canción es un documento vivo, una forma de archivar la emoción de un pueblo.

Antes de cerrar la charla, le pregunto qué le gustaría que recuerden de Tomás Lipán cuando ya no esté sobre un escenario.

Se queda un segundo en silencio, como si escuchara el viento de la quebrada, y responde:

—Que fui un hombre que cantó con verdad, con amor y con respeto por su tierra.

Tomás Lipán vuelve a presentarse en Purmamarca después del Jueves de Compadres, en un festival que promete ser encuentro y abrazo comunitario. No es solo un regreso artístico, es un regreso simbólico. Un cantor que llevó a Jujuy por el mundo y que vuelve siempre a su origen, como vuelven los ríos, hacia la montaña, hacia la memoria, hacia el lugar donde la voz nace. Esta entrevista no fue solo un mano a mano con un cantor consagrado. Fue una clase silenciosa de identidad, de humildad y de coherencia entre lo que se dice y lo que se vive. Escuchar a Tomás Lipán es escuchar a la Quebrada hablar con voz humana.

Tomás Lipán no ofrece discursos, ofrece ejemplos. En tiempos de ruido, su palabra es pausa; en tiempos de moda, su canto es raíz. Esta charla deja una certeza: mientras existan voces como la suya, Jujuy seguirá cantándose a sí misma. Y quienes venimos detrás, los jóvenes comunicadores y artistas, tenemos la responsabilidad de aprender de estos maestros que no enseñan desde la cátedra, sino desde la vida.

Por Nicolás Agustín Casas

Scroll al inicio