A las once en punto, cuando el sol ya empieza a morder la nuca y las hojas secas crujen bajo los pasos distraídos, la Cancha 11 de la Sociedad Tiro y Gimnasia —orgullo deportivo enclavado en el corazón del barrio Cuyaya, San Salvador de Jujuy— abrió sus rejas herrumbradas para recibir una historia que llegó viajando desde dos orillas distintas del Plata, con la promesa de raquetazos, sudor y silencios tensos que se mastican mejor que se explican.

De un lado, Ignacio Monzón —corriente de río ancho, de tereré sin hielo, paciencia de pescador y mirada de costa larga— se paró firme, ajustó la vincha y dejó claro que el polvo de ladrillo es territorio para valientes. Del otro, Federico Aguilar Cardozo, oriental hasta el tuétano, mate amargo bien cebado, mirada de tablón y corazón tricolor. Cardozo con Z, Monzón con Z: dos letras que cruzaron la red como dos barcos que se reconocen en la misma corriente, pero saben que uno solo atraca en puerto de victoria.
Apenas rodaron los primeros peloteos, se hizo evidente que el charrúa venía enchufado como bombita de feria: metió saque pesado, ángulos afilados, devoluciones con veneno de serpiente y pasos cortos que parecían coreografía ensayada en la plaza del barrio. Se llevó el primer set con un 6-1 que retumbó entre las paredes gastadas y arrancó algún silbido de asombro: limpio, rápido, casi sin dejar que Monzón encontrara aire para pensar.
Pero al correntino no lo corre fácil la primera tormenta: ajustó la derecha, afinó el revés y empezó a devolver cada tiro como pared de frontón de club chico. Plantado un metro dentro de la línea, soltó la muñeca y puso garra guaraní: 6-2 para igualar la historia y avisar que mientras quede polvo de ladrillo, queda historia por escribir.
El tercer set fue la postal perfecta de la terquedad oriental. Cardozo, de piernas firmes y cabeza helada, volvió a tomar la manija: 6-2 otra vez, quebrando cuando había que quebrar y dejando a Monzón mascando bronca en cada respiro. Y entonces llegó el cuarto, el que Cuyaya entero se va a guardar como anécdota para contar con mate en mano: palo y palo, slice venenoso, globos que pintaron de suspenso el cielo limpio y dejaditas que despertaron aplausos de veteranos y gurises por igual.
Se fueron al 6-6 como dos boxeadores cansados, pero con la mandíbula entera. Ahí, donde tiembla el pulso y manda la cabeza, Cardozo mostró de qué madera están hechos los que cruzan el charco para ganar. Dos aces cuando el aire quemaba la garganta, un passing shot que pintó la línea con la precisión de un pincel fino y un 7-2 en el tie-break que fue cierre y sentencia. Puño apretado, mirada al cielo jujeño y un ¡Vamo’ Arriba! bajito, entre dientes, como debe ser cuando la gloria es de uno, pero la humildad es de todos.
Seis aces para Cardozo, uno solo para Monzón, como una postal de quién se animó a arriesgar cuando el brazo pesaba.
En las dobles faltas también habló la pulcritud: apenas una para el uruguayo, tres para el correntino, que pagó caro cada segundo saque flojo.
En la batalla del primer servicio, Monzón sacó ligera ventaja —68% contra 62%— pero en la cancha no siempre manda la estadística, manda la cabeza.
El segundo saque fue casi un manual de prolijidad: 91% de efectividad para Cardozo, 97% para Monzón, números que muestran que, en la urgencia, ninguno regaló nada.
Los puntos ganados con el primer saque quedaron clavados en empate: 33 para cada uno, pura paridad, pura tensión. Pero ahí se notó quién tuvo más temple para sostener la cuerda cuando quemaba.
Un solo set point necesitó Cardozo para sellar el quiebre clave, uno solo para inclinar la balanza. Lo mismo con el match point: uno, justo, suficiente, para pintar de celeste la mañana entera y dejar escrito que, en el polvo de ladrillo, el que se anima y aprieta los dientes, se lleva la gloria.
Fueron 2 horas 54 minutos de tenis sudado y silencios espesos entre saque y saque, pelotas que silbaban bajito como zumbido de tarde y un puñado de vecinos que miraba desde la reja como quien espía un gol de campito en sábado sin televisión. Monzón se fue mascando la bronca justa, pero entero: sabe que esto es largo, que siempre hay revancha detrás de cada red tensa y de cada pelota guardada en el bolso. Cardozo, en cambio, se llevó algo más que un partido: se llevó la confianza de que este domingo, en el Centenario, su Nacional se va a jugar el pellejo contra Peñarol. y que él, en la tribuna, va a gritar como grita cada ace: apretando la garganta hasta hacerse eco.
El barrio Cuyaya se quedó con la polvareda quieta, la red colgando un poco más floja y un murmullo de orgullo por haber sido testigo de un partido que no fue final de torneo, pero sí principio de leyenda para estos gurises de raqueta y terquedad rioplatense. Porque el tenis, como la vida en este sur, se juega punto a punto, con la frente alta y la paciencia del que sabe que siempre hay otra cancha para volver a empezar.
Hoy ganó Cardozo, con Z, con mate y bandera celeste. Monzón, con Z, se llevó la certeza de que no hay derrota que dure para siempre cuando se juega con el corazón en la mano.
Y nosotros, cronistas de la sombra y el alambre, guardamos la historia para contarla bajito, cuando el barrio duerma y el polvo de ladrillo sueñe con volver a volar.

Por: Nicolas Casas
