En 1957 Rodolfo Walsh publicó Operación Masacre, primero como notas sueltas, luego como libro. Fue el nacimiento del periodismo de investigación en Argentina, mucho antes de Watergate, mucho antes de que existiera siquiera esa etiqueta.

El libro hizo algo más importante que denunciar: dio nombre, rostro y dignidad a los olvidados. Esos cuerpos arrojados en un basural volvieron a ser personas. Desde entonces, cada 10 de junio, la memoria late en José León Suárez no por un gesto melancólico, sino porque esa historia sigue diciendo algo incómodo pero necesario: que la verdad, cuando se dice, puede desarmar el silencio más brutal.
La fecha «10 de junio» es fundamental en la novela Operación Masacre de Rodolfo Walsh, ya que se refiere al día de la masacre de José León Suárez, donde un grupo de civiles fue fusilado por la policía bonaerense. Walsh relata los hechos en su libro, donde investiga y reconstruye los eventos a través de entrevistas y testimonios.
Una noche del año 1956, cinco personas fueron fusilados, uno logró sobrevivir y un periodista contó todo. El libro Operación Masacre reveló la verdad que la dictadura quiso borrar.
Los cinco que murieron allí fueron Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez y Mario Brion. Otros lograron escapar, heridos o por milagro. Juan Carlos Livraga cayó al suelo, sangrando, pero con vida. Fingió estar muerto. Cuando todo terminó, se arrastró hasta una casa cercana. El dueño lo escondió y lo ayudó a sobrevivir. Así nació la grieta en la historia oficial.

Meses después, en un café de La Plata, el escritor y periodista Rodolfo Walsh escuchó una frase que parecía absurda: «Hay un fusilado que vive», y la curiosidad lo empujó a investigar. Walsh no era militante, ni peronista. Era un lector voraz, un escritor joven, y esa frase lo marcó. Junto a la periodista Enriqueta Muñiz, empezó a buscar testigos, sobrevivientes, documentos ocultos. Había algo que no cerraba. Y era todo.
Lo que descubrió fue que la dictadura había ejecutado a hombres indefensos, sin juicio, sin defensa y fuera de la ley marcial. El testimonio de Livraga fue central, así también como el del teniente Dillon, que admitió la ilegalidad del procedimiento. Walsh entendió que se trataba de una maquinaria de poder que podía matar y mentir al mismo tiempo.
