El sol se colaba entre las tribunas del estadio y la ciudad contenía la respiración.

Este viernes, la pasión futbolera alcanzaría su cénit en el clásico Cuyaya vs. Lavalle, y entre el rugido de los hinchas, dos figuras caminaban tranquilas hacia la cancha: Marcelo Pereira y su hijo Diego Martín, padre e hijo, árbitros y guardianes del orden en el terreno de juego.
Diego Martín Pereira, joven árbitro con proyección nacional y sudamericana, asumía el desafío de ser el árbitro principal, escoltado por los experimentados Víctor Condo y Edgar Cacho Segovia.
Su padre, Marcelo, referente histórico del arbitraje jujeño, acompañaba a su hijo con la mirada de quien sabe que la grandeza también se construye desde la paciencia y la disciplina.
Marcelo Pereyra, el mentor:
“Estamos bien, seguimos en la Liga, siempre al lado de Diego, viendo cómo crece y se forja. El consejo es simple: tranquilidad y convicción. Cada error es una lección, y él sabe usarla”, contó Marcelo, con la serenidad de quien conoce los pasillos del fútbol como nadie. Recordó que Diego Martín quiso ser futbolista, pero que la vida le abrió las puertas del arbitraje: “El destino te pone donde debes estar. Diego tiene talento y corazón para destacar.”
El padre añadió un detalle que resume su complicidad: “Ya dirigimos juntos algunos partidos de Primera. La sensación de compartir la cancha con él es única, casi poética: esfuerzo, preparación y pasión en sincronía. Antes de un clásico, lo único que digo es: a dar lo mejor, sin miedo.”
Diego Martín, la promesa:
Apenas cruzó unas palabras con la prensa, se notó su equilibrio entre nervios y emoción: “Lo más valioso es el apoyo de mi padre. Cinco años en la función me enseñaron a mantener la calma, la concentración y la profesionalidad, incluso en un clásico donde cada decisión pesa como un gol en el último minuto.”
Sobre la presión de un partido intenso, confesó: “No sabemos cómo se desarrollará, pero estamos listos. La clave es la serenidad, el profesionalismo y el respeto, tanto hacia los jugadores como hacia el juego en sí”.
Diego también reconoció la importancia de la crítica: “Escuchar opiniones forma parte del aprendizaje. Cada partido es una oportunidad para mejorar y fortalecer el camino.”
Un legado que trasciende el silbato:
El vínculo entre Marcelo y Diego Martín no es solo familiar, sino una lección de valores: disciplina, constancia y pasión por el fútbol. “Para el bello de la familia”, coincidieron, mientras el estadio comenzaba a palpitar al ritmo de cánticos, banderas y colores que prometían 90 minutos de emociones a flor de piel.
Este clásico no solo se jugaría en el campo, sino también en la historia de una familia que convirtió la pasión en herencia. Entre abrazos, consejos y silencios llenos de significado, Cuyaya-Lavalle se transformó en un escenario donde el fútbol y la vida convergen, donde un joven árbitro sostiene el legado de su padre y escribe, silbato en mano, su propio capítulo en la historia del deporte jujeño.

Por Nicolás Agustín Casas
