El cierre del año desnuda a la AFA de Tapia y Toviggino: Torneos degradados, federalismo declamado, mérito que resiste y una encrucijada histórica rumbo al 2026.

Terminamos el año futbolero y la pregunta no esquiva el conflicto ni se esconde detrás de eufemismos: ¿Tapia y Toviggino están contra todo el mundo o todo el mundo está contra Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino?
La respuesta es tan incómoda como evidente: ambas cosas son ciertas. El poder que se encierra termina chocando con todos; el poder que gobierna sin escucha confunde conducción con imposición. No hay conspiración: hay hartazgo.
Los allanamientos, el espectáculo permanente como distracción, el pan y circo reciclado para tapar grietas y aquella teoría sociológica tantas veces citada vuelven a encajar con precisión quirúrgica. El hincha argentino —cansado de roscas, arbitrariedades y decisiones de escritorio— se refugia en lo único que todavía siente propio: su club. El fútbol doméstico perdió credibilidad; la Selección habita otra narrativa. No confundamos aplauso con confianza: hoy se tolera, no se cree.
Para muchos, el presente fue una utopía posible. Intelectuales del fútbol, periodistas de trinchera y lectores finos del clima mediático lo dicen sin mala intención: algo se mueve. La entrevista con Marcelo Lizárraga lo dejó claro al pedir protección para las voces disidentes frente a esta conducción. Hay juzgados trabajando, hay expedientes, hay un murmullo que ya no se tapa con actos ni consignas. Cuando el cerco se agrieta, la verdad encuentra aire.
El fútbol argentino atraviesa una acefalía que no es de cargos, sino de sentido. Lo que el hincha necesita no vive en sedes lujosas ni en vitrinas de ocasión. No habita Santiago del Estero ni los despachos de Viamonte. Comparar épocas es tramposo: Grondona fue una cosa; Tapia es otra. Federalismo real versus centralismo práctico. La diferencia no es semántica; se mide en reglas, ascensos y castigos.
Aun así, la cancha —cuando la dejan hablar— sigue dando señales de justicia. Estudiantes de Río Cuarto ganó con juego y carácter. Estudiantes de La Plata sostiene identidad y proyecto. Atlético Rafaela volvió por mérito deportivo. Salud por ellos. Salud por los que merecen. No por amiguismos ni afinidades políticas, sino por competitividad, trabajo y fútbol demostrado. Allí donde el sistema aprieta, el juego responde.
El mapa general, sin embargo, preocupa. Los torneos del Interior se desdibujan, se inflan, se vuelven inmirables. Equipos que no deberían ocupar ciertos lugares aparecen beneficiados, mientras otros —con historia, gente y estadio— quedan atrapados en laberintos interminables. En Jujuy, aun así, hay ilusión: Atlético San Pedro frente a Sportivo Pocitos; Altos Hornos Zapla ante Talleres de Perico. Las utopías existen cuando la pelota manda. El problema es cuando la pelota deja de mandar.
También hay silencios que pesan. Dirigencias que miran para otro lado; crisis en clubes grandes como San Lorenzo; un ecosistema donde la obediencia vale más que el proyecto. El mensaje baja claro: alinearse conviene; disentir cuesta. Y ese mensaje, tarde o temprano, vacía tribunas y degrada competencias.
Lo ocurrido tras la victoria de Estudiantes de La Plata ante Racing merece un capítulo propio. No por el resultado, sino por la imagen. Juan Sebastián Verón, presidente del Club, no buscó palco ni blindaje: bajó a la tribuna y festejó con su gente como lo que es, un hincha. En tiempos de dirigentes que se creen patrones del club, Verón dio una lección sin discursos: habló de pertenencia, no de poder; ejerció identidad, no autoridad. Eso también es política futbolera, pero de la buena: la que nace desde abajo y se sostiene con coherencia.
Mientras la AFA gobierna desde el encierro, el cálculo y la rosca, Estudiantes mostró otra forma de conducir. Un presidente que entiende que sin la gente no hay poder posible; que el cargo no eleva si no está sostenido por credibilidad. Verón no necesitó bajarse del pedestal porque nunca se subió. Siempre estuvo ahí: en la cancha, en el barro, en la discusión incómoda cuando había que darla.
Ese festejo fue un mensaje al sistema: el fútbol todavía puede ser de los clubes, de los socios y de las identidades, y no solo de estructuras cerradas. Estudiantes no ganó por amiguismo, ni por escritorio, ni por obediencia. Ganó porque compitió, porque creyó y porque sostuvo una línea aun cuando incomodaba. En un fútbol intoxicado de simulacro, esa imagen fue oxígeno puro.
A pesar de las buenas noticias que empiezan a caer —por diarios, radios, portales y hasta por la televisión que antes miraba para otro lado— la tiranía de Tapia, o si se prefiere decirlo sin eufemismos, la dictadura pesada de Tapia y Toviggino, sigue dejando escombros. Y esos escombros no los pagan los que festejaron el Mundial ni los que se sacaron fotos con la gloria ajena. Los platos rotos los paga el fútbol cotidiano: el del ascenso, el del Interior, el del hincha sin micrófono ni despacho.
La hipocresía estructural completa el cuadro. Muchos de los que hoy ensayan amnesia selectiva fueron socios activos del modelo. Aplaudieron, acompañaron, firmaron y callaron. Ahora, con el cerco achicándose, miran al techo. Pero el fútbol no olvida tan fácil, y la historia menos. El tiempo —ese juez que no se compra— se les está acabando. No porque lo diga una editorial, sino porque así funcionan los procesos cuando el desgaste supera al blindaje.
Aquí la consigna no es slogan: Federalismo o barbarie. O reglas claras, mérito deportivo y respeto institucional, o más centralismo autoritario que empobrece competencias y degrada identidades. Después no valen las sorpresas ni los lamentos.
Resulta casi obsceno escuchar críticas tardías a Julio Humberto Grondona como si todo empezara y terminara ahí. Grondona tuvo lo suyo —oscuro, discutible, polémico—, pero se hacía respetar y sabía de fútbol. El modelo actual ni siquiera llega a eso; carece de muñeca, de visión y de autoridad real. Hay imposición, no conducción; miedo, no liderazgo. La AFA no administra fútbol: administra lealtades. Cuando la lealtad reemplaza al mérito, el juego pierde sentido. No se castiga el mal rendimiento; se castiga la independencia. El sistema no teme al error: teme a la pregunta.
El federalismo declamado se evapora en los hechos. El Interior sirve como postal, no como prioridad. Se promete transparencia mientras se naturaliza la excepción. Se habla de inclusión mientras se ejecuta exclusión. ¿Puede ser creíble un fútbol donde el reglamento cambia según el apellido y la cercanía al poder?
¿Hasta cuándo el Interior será moneda de cambio de un centralismo que se disfraza de consenso?
¿Quién controla a una AFA que no rinde cuentas, no tolera críticas y confunde autoridad con silencio?
Mirando al 2026, la encrucijada es clara: o más torneos inflados, ascensos dudosos y categorías desnaturalizadas o un punto de inflexión donde la Justicia y el mérito ordenen lo que la política desordenó. Porque hay una verdad que no caduca: la justicia y los buenos siempre ganan, aunque tarden. Y cuando llegan, no piden permiso.
Cuentan voces expertas en materia judicial que el momento hay que aprovecharlo. No por revancha, sino por sanidad institucional. Porque cuando menos se lo espere el poder, la pesadilla de rendir cuentas deja de ser metáfora.
Y para cerrar, la poesía rioplatense que dice verdades sin gritar —en el espíritu de Tabaré Cardoso y el Canario Luna—: el tiempo enseña que la justicia no corre, pero llega. Llega cuando los sueños se parecen a la realidad y la realidad se vuelve pesadilla para los culpables. No es magia ni revancha: es consecuencia. En el fútbol, como en la vida, el que juega sucio puede ganar un rato, pero no duerme tranquilo. El reloj avanza. Siempre avanza. Y no hay poder que aguante cuando el tiempo decide ponerse del lado de la justicia.

Por Nicolás Casas
