Opinión: La Farolera y la AFA

La Farolera: Entre números que suman, corazones que luchan y… ¿una AFA que resta?

Hay canciones que nos habitan desde la infancia, que parecen inocentes, pero encierran verdades profundas. «La Farolera», por ejemplo, es mucho más que un canto de recreo: es una lección disfrazada de juego. Una coreografía de lógica, de constancia, de destino.

«Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho…»

Hoy, en el norte profundo de la Argentina, esa melodía resuena como un susurro de rebeldía.

Una aritmética que no se resigna.

Un canto de los que todavía creen que todo es posible si no se traicionan los valores.

Es la música de un pueblo que no baja los brazos.

Es también el símbolo de un equipo que, cuando muchos lo daban por muerto, sigue dando pelea.

Gimnasia y Esgrima de Jujuy sigue con vida.

No sólo porque los números aún lo respaldan —que lo hacen—, sino porque hay en él algo más antiguo que cualquier tabla de posiciones: la convicción de no rendirse. De seguir creyendo que el fútbol se define con la pelota en los pies y no con la lapicera en un despacho.

Mientras algunos clubes sobreviven al amparo de favores, arreglos ocultos o guiños de poder, hay otros que se levantan con dignidad, aunque el escudo pese y el calendario apriete.

Gimnasia no tiene banca política, pero tiene banca emocional.

No tiene voceros en los pasillos de Viamonte, pero tiene hinchas fieles en cada rincón del norte, que lo siguen como se sigue a una causa.

Y ahí está la verdadera diferencia:

El Lobo no se alquila. Y mucho menos se vende.

Pero claro, en este fútbol que respiramos —cada vez más viciado, cada vez más domesticado por el poder—, la dignidad incomoda.

El que se planta, molesta.

El que no baja la cabeza, es marcado.

La Asociación del Fútbol Argentino dejó hace rato de ser una institución que organiza el juego, para convertirse en un aparato que se protege a sí mismo.

El mérito deportivo ha sido reemplazado por la obediencia política.

El reglamento ya no es norma: es borrador.

Un documento en blanco que los poderosos reescriben a gusto, mientras las provincias miran desde la periferia, como convidados de piedra a un banquete donde nunca hay cubiertos suficientes.

Y no se trata de un berrinche ocasional.

Se trata de una estructura vieja, de otro siglo, que huele a feudo, disfrazado de gestión moderna.

El fútbol argentino hoy vive bajo el mando de un nombre que no hace falta mencionar —porque todos lo conocen—.

Lo vemos en las decisiones, en los torneos armados sin transparencia, en las designaciones que ya no sorprenden a nadie, y en los arbitrajes que, curiosamente, siempre se equivocan para el mismo lado.

Ese personaje que se pasea como dueño del fútbol, que se hace llamar presidente, aunque gobierna como monarca de cartón.

Ese que confunde gloria con impunidad, y representatividad con amiguismo de pasillo.

Mientras tanto, Gimnasia juega. Y sueña.

Le quedan cuatro fechas.

Cuatro finales donde no se juega sólo un resultado: se mide el carácter.

Este domingo, El Lobo visita Mataderos para enfrentar a Nueva Chicago, en una de esas canchas duras, con historia.

Después, recibirá a Agropecuario en el 23 de Agosto, donde cada balón será una batalla.

Más tarde, se adentrará en la Isla Maciel para enfrentar a San Telmo, en un terreno donde el barro no está sólo en el campo.

Y cerrará su andar en casa, ante Chacarita Juniors, otro grande que también lucha por lo suyo.

Sí, es cierto: no depende exclusivamente de sí mismo.

También juegan Morón, Independiente Rivadavia y los nervios.

Pero si algo le sobra a este Gimnasia, es precisamente lo que falta en los escritorios: alma.

Y el fútbol —pese a quienes lo quieren reducir a negocios y planillas— todavía se define con alma.

Lo demás, aunque se esconda tras trajes caros, es pura escenografía.

A quienes diseñaron un fútbol a medida, donde todo parece estar guionado de antemano, habría que recordarles algo:

El norte no firma libretos ajenos.

En Jujuy no se arrodillan.

Hay clubes que prefieren desaparecer del radar mediático antes que traicionar sus principios.

Y si alguien esperaba ver al Lobo rendido, que se prepare para una sorpresa:

Este club no fue hecho para rendirse. Fue hecho para resistir.

Solo para Lobos

¿Coinciden o no?

Este equipo —a veces desordenado, casi siempre sufrido— es uno de los últimos románticos del fútbol argentino.

Todavía puede.

No sólo desde lo matemático, sino desde lo más profundo del juego real: ese que no se anota en las estadísticas, ese que se juega con el alma en la garganta y los dientes apretados.

Y si al final no alcanza, que no sea por cobardía. Que no sea por falta de fuego.

Porque aún en esta versión edulcorada, lavada y burocrática del fútbol nacional, quedan rincones donde se juega por amor. Por escudo. Por barrio. Por historia. Por orgullo.

Y ustedes lo saben.

Lo gritan sin pedir permiso.

Lo caminan cada domingo en las calles de Jujuy.

Lo sienten en la piel como una herida abierta que duele, pero no se entrega.

Nos queda La Farolera.

Y la certeza de que, pese a todo, el fútbol todavía no está perdido.

Queridos amigos y lectores:

Ustedes saben bien que yo soy hincha de Zapla.

Pero espero que en esto estemos todos de acuerdo: Jujuy merece respeto.

Y si la tiranía de Tapia parece no tener fin, lo decimos sin vueltas:

No quiero mezclar esto con geopolítica, pero a Tapia —como a otros que se eternizan en el poder— tarde o temprano le llegará su final.

¿Quién será el «Trump» de esta historia que derribe al «Maduro» del fútbol argentino?

Ya no callamos.

Ni los periodistas.

Ni los hinchas.

Porque es hora de que el fútbol argentino tenga una oposición firme, valiente y sin compromisos con esta AFA negligente.

Por: Nicolas Agustín Casas

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