“Nunca me suelto de la última pelota”: El mantra charrúa Cardozo después del triunfo en Cuyaya

Cuando la última pelota quedó dormida en la malla y el polvo rojo empezó a asentarse sobre las líneas, Federico Aguilar Cardozo —con Z, como bien subraya su terquedad oriental— se tomó un respiro largo para ponerle palabras a la batalla que acababa de tallar en la Cancha 11 del barrio Cuyaya.

El tenista uruguayo Federico Aguilar Cardozo

Mate en mano, vincha empapada y una sonrisa que es mezcla de alivio y promesa, el uruguayo habló para este periódico digital, dejando frases que pintan de cuerpo entero su forma de pararse en la vida y en la cancha.

—Sí… sí, una locura. Un partido de esos que te raspan por dentro —arrancó, todavía respirando como si guardara en los pulmones cada game—. Fue durísimo, casi tres horas de estar despierto, de no regalar nada. Terminé entero de físico, y eso me deja tranquilo, pero por dentro sabés que te vaciaste.

No esquiva lo que se vio: hubo un momento en el tercer set en que la corriente pudo llevárselo puesto. Pero ahí se plantó.

—Reventé un cinco de fe en el tercero —dice y sonríe—. Me estaba yendo, pero me agarré a la cancha como quien se agarra a la orilla de un río crecido. Lo pude sacar. Por suerte salió, pero hubo que empujar cada punto como si fuera el último.

Y cada punto, para Cardozo, es un ladrillo más en la pared de su confianza.

—Fue un partido imponente, de esos que te enseñan algo nuevo. Casi tres horas de tenis y cabeza. Siempre, siempre, siempre hasta el final, sin mirar el score. Porque uno puede ir abajo, puede ir arriba, pero mientras quede una pelota viva, yo me quedo agarrado. Nunca me suelto de la última pelota.

Habla del futuro como quien mira la red quieta, sabiendo que mañana hay que volver a tensarla.

—Ahora a descansar, que esto sigue. El torneo pide todo. Hay que estar listo para cada game, como si fuera el primero. Se sufrió, claro, porque esto no es fácil. Los primeros games fueron cerrados, después ese tie-break… justo y necesario, porque había que cerrar como fuera. En cada pelota me dije: “un punto más, uno más, Cardozo”.

Pero detrás de la raqueta late el hincha. Y la tribuna es la otra mitad de su fe.

—Y bueno… Nacional… siempre Nacional —suelta, entre risas que suenan a tribuna—. Toda la vida Nacional. Ahora toca tenis, pero el domingo me toca gritar en el Centenario, como siempre. Peñarol que espere. Primero la raqueta, después la bandera.

Así se fue Cardozo con polvo de ladrillo pegado en las medias, el mate bajo el brazo y la certeza de que la próxima pelota ya lo está esperando. Porque para este charrúa, no hay score que mate la fe de quien sabe morder la cancha hasta el último punto. Y por eso, cuando se apagan las luces y se barrena el polvo, queda su mantra resonando bajito entre las líneas: “Nunca me suelto de la última pelota”.

Por Nicolás Agustín Casas

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