Nota Opinión: ¿Por qué el partido contra Inglaterra no es un partido más?

Mucho más que un partido de fútbol.

La historia se suele volver a repetir. Las deidades del destino volvieron a conspirar para que el mejor jugador del mundo se calce la casaca azul con el número diez en blanco y se enfrente a un combinado que representa a un país que siempre interfirió en nuestra política local. Por eso no es sólo un partido de fútbol, no es sólo Malvinas, es un derrotero de procesos históricos que confluyen en esta actualidad. El fútbol es solo una excusa para generar un recorrido que nos trajo hasta esta rivalidad, que nada va a cambiar pero a la vez va a hacer toda la diferencia.

El primer disparador de nuestra “inquietud” con Inglaterra nace en los dos intentos del país británico de birlarle a España la entrada navegable hacia el interior de Sudamérica, con la idea de extraer las riquezas del interior del continente mediante los ríos navegables que desembocaban en el Océano Atlántico y, a la vez, dominar el territorio circundante al Estrecho de Magallanes como forma de viajar hacia Oriente desde el Este. En ese lejano 1806 y 1807, un grupo mixto entre militares y ciudadanos lograron expulsar a los invasores foráneos (o más foráneos) en lo que resultó una de las pocas derrotas militares británicas en territorio colonial. Muchos creyeron que tal vez con esa conquista seríamos una potencia mundial como Estados Unidos o Australia, otros tantos creen que el destino sería más cercano a India o Bangladesh (irónicamente el pueblo más argentino del resto, futbolísticamente hablando).

Con el tiempo y la Revolución de Mayo de por medio, Inglaterra entendió que la dominación de nuestros territorios se podría lograr por la vía diplomática y comercial más que por la vía armada. Allí comenzó la injerencia de la Embajada británica y las generosas ofertas de endeudamiento para tener una pata al sur del nuevo continente. Este fue el caso de su labor principal en la Guerra con Brasil donde el embajador inglés George Canning (sí, y tuvo una calle a su nombre) conspiró para que Uruguay fuera un territorio independiente y así asegurarse la libre navegación de los ríos interiores sin tener que pagar tributo a un solo país. Argentina había vencido en las armas y tuvo que claudicar ante la presión inglesa y la Banda Oriental se transformó en la República Oriental del Uruguay.

Como si todo esto fuera poco, entre 1845 y 1850 la Provincias Unidas del Río de la Plata (en su versión desunida) sufrieron el bloqueo de las Armadas de Inglaterra y Francia por la disputa de la libre navegación de los ríos interiores, lo que dio lugar al enfrentamiento de la Vuelta de Obligado, donde el ingenio nacional les hizo frente a las armadas más fuertes del mundo que sólo buscaban mantener y perpetuar sus negocios con su espíritu imperial.

Una vez decretada la institucionalización de la Argentina como país, el intento de dominación llegó de la mano del Pacto Roca-Runciman, donde la Argentina pasaba a integrar el acuerdo económico del Imperio Británico, perpetuando a nuestro país como una nación productora de materias primas y compradora de productos manufacturados por Inglaterra, destrozando la balanza comercial autóctona y la generación de empleo en las insipientes fábricas. Es decir, terratenientes muy ricos y el resto muy pobres.

Y el recorrido, aunque es transversal a toda la historia que contamos, culmina en 1982 y la Guerra de Malvinas. La aventura militar de la Dictadura más sangrienta de la historia de nuestro país culminó con derrota militar y abrió una herida que no cierra y que no cerrará hasta que los ingleses dejen de ocupar ilegalmente nuestro territorio.

Recapitulando entonces, en una Argentina donde el fútbol es religión, donde se necesita urgente algo que festejar y donde nuestras capacidades deportivas pueden subvertir por un instante la desigualdad del mundo, no nos pidan que no mezclemos política con deporte. No nos pidan que sepamos diferenciar la historia del deporte y que no creamos que la victoria en un mundial pueda sanar un poco las heridas inflingidas por la Britania de vocación imperial. Nuestra venganza es ser mejores en el deporte que inventaron ellos, nuestra venganza es conquistar su territorio deportivo y llevarlos a la amarga derrota que nos han hecho sentir tantas veces. Algo que no cambia nada, pero lo cambia todo.

Diego Gonzalo Diaz

Licenciado en Periodismo

diegogonzalodiaz@gmail.com

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