“Necios e hipócritas”: Zapla, su hinchada y la desidia de una presidencia ausente

Hay noches que se escriben con piedra y sangre. No con tinta, no con palabras suaves, si no con huesos rotos y vidrios hechos añicos. La avenida Forestal —esa arteria que debería guardar pasos tranquilos, risas de regreso y el eco de un choripán compartido— se convirtió anoche en escenario de la indiferencia más brutal.

Dos hinchas hospitalizados, vehículos destrozados, familias aterrorizadas en sus casas. Un espectáculo que no admite eufemismos. Esto no es un hecho aislado ni una nota menor; es la radiografía exacta de un Club que hace tiempo dejó de ser patrimonio de su gente.

El relato de la calle, de la tribuna, de los que aman la camiseta desde la fatiga del viaje y la madrugada, es más crudo que cualquier parte policial. Un colectivo que volvía desde Monterrico, paradas habituales, cantos amortiguando la somnolencia y de pronto, lluvia de piedras, palos, gritos que se hacen masa.

Dos hombres —49 y 47 años— trasladados por ambulancia, uno con fractura expuesta en la pierna. Vecinos protegiendo a sus hijos, fachadas con vidrios rotos, autos irreconocibles. La crónica oficial enumera daños; la crónica humana enumera huesos, angustias y preguntas sin respuesta.

Pero más allá de quienes arrojaron piedras, hay responsables visibles. Quienes hoy ocupan la presidencia y vicepresidencia del Club. Daniel Fin y Guillermo Bepre no pueden seguir siendo la cara amable para las fotos mientras su gente queda a merced de la desidia. Señalar la ausencia no es injuria: es periodismo. Mandarlos al demonio no es capricho; es la reacción legítima de una hinchada que todavía cree que Zapla es un patrimonio colectivo y no un botín de sillitas doradas.

Testimonios del dolor, el aguante y la indignación

La avenida Forestal amanecía con los vidrios rotos y el eco de los gritos aún suspendido en el aire. Entre los escombros de la noche, las voces de los que aman la camiseta se entrelazaban, desgarradas y firmes, como un río que no perdona silencios.

Un hombre con la cara ensangrentada recordaba el viaje de diecinueve horas desde Buenos Aires. Sus manos temblaban al relatarlo; el Club pintado con su sudor, el predio labrado con machete en mano, cada moneda invertida para mantener viva la camiseta… y ahora su hermano tirado en el piso, él con la cabeza abierta y siete puntos cosidos, mientras la comisión no daba señales. Solo les importaban sus bolsillos.

Otro relato se colaba entre las piedras y los gritos: si no se hubiese tirado encima de su hermano, lo habrían matado. La pierna fracturada, la frente ensangrentada, la impotencia estampada en los ojos. Vinieron a acompañar, a ser parte de un amor que el Club exige, y terminaron hospitalizados.

Los niños, las familias, los bebés envueltos en mantas y miedo. Ellos también fueron protagonistas de esa madrugada infernal. “¿Cómo agarran a la gente así?”, preguntaba un hincha, mientras recordaba la barra de la ‘Lobo Sur’ lanzando piedras y palos sin distinción. Un auto hecho añicos, un colectivo al borde del colapso. No fue pelea de pibes. Fue guerra de cemento y acero contra quienes solo buscaban volver a casa.

Wasancho trabajador incansable, ahora internado, se debatía entre la vida y la supervivencia de su familia. “Si no laburo un mes, se me cae la vida. ¿Quién le paga a mi vieja? ¿Quién paga la rehabilitación?” La pregunta flotaba en la calle, como un grito que nadie atendía.

La indignación también se manifestaba en la ausencia de respuestas: llegaron los efectivos de Infantería demasiado tarde, revisaron cámaras, tomaron testimonios… pero no hubo denuncias formales. La gente, enojada y exhausta, seguía en la calle, sosteniendo la memoria de lo sucedido.

Y estaba la radio, los operadores que alguna vez narraron cada gol, cada derrota, cada aliento: Félix Acosta se había ido, y con él, una parte del corazón sonoro del Club. Cuando se apagan esas voces, también se apaga la historia viva.

Entre todo esto, una certeza: esto no podía quedarse en lamentos. Firmas que debían juntarse, asambleas que debían convocarse, auditorías y elecciones que reclamaban ser ejecutadas. Basta de sillitas doradas; el Club es de la gente.

Los hinchas no eran violentos. Eran custodios de la historia viva, aquellos que pagaban la entrada, que levantaban banderas, que pintaban los muros mientras otros se escondían en oficinas. Los trataban como ganado, pero ellos eran el alma del Club, la memoria de un equipo que late por su gente.

Cada palabra, cada recuerdo, cada relato de dolor y resistencia se entrelazaba con un hilo invisible de amor popular. El sacrificio de estas voces no está en los balances ni en los cheques; está en la dignidad que mantiene viva la camiseta frente a la indiferencia de quienes deberían protegerla. Soy relator, periodista y también hincha de Zapla, y no puedo callar frente a la desidia de quienes deberían cuidar lo que es de todos. Como decía Joan Manuel Serrat:

“De vez en cuando la vida nos besa en la boca, y a los necios se les ocurre algo inteligente; pero otras veces, la vida se cansa y les quita la careta.”

Silvio Rodríguez, en su canción “El necio”, nos recuerda:

“Yo me muero como viví.”

Y nos advierte:

“Los hipócritas son los peores enemigos de la esperanza, porque visten de decencia lo que huele a podredumbre.”

Pablo Alabarces, en Crónicas del aguante, lo sintetiza con certeza:

“El aguante es una forma de amor popular que sobrevive incluso cuando todo alrededor parece podrido.”

Que estas voces sean brújula para el pueblo de Zapla. Mandarlos al demonio no es grosería: es justicia simbólica. Es decir, basta a la desidia y reclamar dignidad. Que la avenida Forestal deje de ser escenario de miedo y vuelva a ser pasarela del orgullo. Que Zapla sea nuevamente del pueblo, de la hinchada, de quienes aman la camiseta con sudor y sangre, no de quienes la administran como trofeo personal.

Porque el Club, como la vida, no se hereda: se honra, se cuida y se defiende. Que nadie olvide: los necios y los hipócritas pueden ocupar sillones, pero jamás reemplazarán la historia viva de quienes mantienen el Club en pie.

Que esta columna no sea solo palabras, que sea un llamado a la acción, a la organización, a la asamblea, a la justicia. Que Zapla recupere su dignidad. Porque aquí, en esta tierra minera, la camiseta no se negocia: se ama y se defiende.

Columna Editorial para Las 24 Horas de Jujuy

Por Nicolás Agustín Casas

Scroll al inicio