Mundial 2026: Entre el silencio de la FIFA, la canción que nos deben y un mapa de grupos que exige claridad

Hay decisiones que no admiten ligereza. Y la canción de un Mundial es una de ellas. No es un jingle, no es una moda estacional ni una pieza pensada para sobrevivir apenas lo que dura una tendencia en redes sociales.

Es, ni más ni menos, la banda sonora de un tiempo histórico. Por eso preocupa —y también molesta— el silencio persistente de la FIFA respecto a la música que acompañará al Mundial 2026. Ese silencio no es inocente ni neutral: es el síntoma de una desconexión cada vez más profunda con la memoria emocional del fútbol.

No hablamos desde el capricho ni desde una nostalgia hueca. Hablamos desde la historia, desde aquellos Mundiales en los que la música no fue un detalle de producción sino una columna vertebral del recuerdo colectivo. Francia 1998 lo entendió a la perfección: La Cour des Grands, interpretada por Youssou N’Dour y Axelle Red, fue mucho más que una canción oficial. Fue un manifiesto multicultural, un himno a la convivencia y una declaración de principios. Bastaban sus primeros acordes para saber que algo grande estaba por empezar. Más de veinte años después, sigue sonando con dignidad, sin arrugas ni vergüenza ajena.

Italia 1990 fue todavía más lejos. Un’estate italiana no pertenece solamente al fútbol: pertenece a la vida. A ese verano eterno que muchos aún llevan prendido en la piel. Escucharla es volver a ver a Caniggia desparramando ingleses, a Schillaci gritando con los ojos desorbitados, a las noches largas frente al televisor. Eso es un himno: una cápsula del tiempo que no se oxida.

Estados Unidos 1994 aportó Gloryland, una canción subestimada en su momento pero profundamente honesta, ligada para siempre a una generación que creció viendo a Hagi, a Romário y a Valderrama como si fueran superhéroes de carne y hueso. No fue pretenciosa, no quiso ser grandilocuente: fue sincera. Y eso, también, es una virtud.

España 1982 tuvo el privilegio de una voz irrepetible. Plácido Domingo y El Mundial ofrecieron solemnidad, emoción, épica clásica. Nada de artificios. Hoy parece fuera de época, pero sigue siendo el molde sobre el cual se construyen los grandes relatos deportivos.

México 1986 merece una mención especial. El mundo unido por un balón no solo acompañó uno de los mejores Mundiales de la historia: acompañó infancias. A quienes hoy superan los 40, esa canción les despierta una nostalgia luminosa, positiva, sin melancolía amarga. No es tristeza: es gratitud. Es recordar cuando el fútbol era descubrimiento y no mercancía.

Alemania 2006 demostró que se podía actualizar sin traicionar. Celebrate the Day, con Herbert Grönemeyer junto a Amadou & Mariam, fue moderna, contemporánea y respetuosa del espíritu mundialista. No buscó viralizarse: buscó quedarse. Y lo logró.

Sudáfrica 2010 cerró ese ciclo virtuoso con Wavin’ Flag, de K’naan —y su versión en español con David Bisbal— una canción que unió esperanza, fiesta y mensaje. Tenía ritmo actual, pero también contenido. No era descartable: era compartible.

Ese es el punto. Todas esas canciones fueron pensadas para durar, para volver, para ser parte del archivo sentimental del fútbol. No para ser consumidas y olvidadas.

Y ahí aparece el problema. A comienzos de este año circuló un rumor que no parecía rumor, sino una premonición lógica: Laura Pausini y Robbie Williams como las voces encargadas de ponerle música al Mundial 2026. Desire (Deseo) surgía como el título natural de esa apuesta: una canción pensada para quedarse, para sonar cuando alguien recuerde un gol con la garganta cerrada. No era nostalgia fácil: era sentido histórico.

Pero la lógica del mercado y la ansiedad por complacer a la “chaviza” —esa tribu digital criada en el impacto inmediato— amenaza con convertir la elección musical del Mundial en un experimento sin alma. No es una pelea generacional: es una defensa del legado. Gobernar la memoria colectiva desde los algoritmos es aceptar que el recuerdo puede comprarse en cuotas.

Ahí se produce el quiebre. La FIFA escucha más a los números que a la historia, más a las reproducciones que a la memoria. Y aparece una juventud desorientada, no por joven sino por educada en el descarte, incapaz de elegir con criterio qué voz merece cantar un himno mundial. Daddy Yankee puede llenar boliches, pero nunca escribió un himno de Mundial. Shakira tuvo su momento glorioso en 2006; desde entonces recicla su propio pasado. Y ahora se mencionan nombres inflados por tendencias, sin peso simbólico ni proyección histórica. Emilia Mernes incluida. El problema no es la artista: es el criterio.

Volver a Pausini y Williams no sería retroceder. Sería ordenar. Elegir artistas capaces de cantar emociones colectivas y no solo éxitos de temporada. Entender, de una vez, que un Mundial no necesita moda: necesita alma.

Los grupos

En paralelo, el Mundial 2026 se ordena futbolísticamente con una cartografía compleja, cargada de repechajes y tensiones.

El Grupo A tiene dentro a México, Sudáfrica y Corea del Sur, y espera por Dinamarca, Macedonia, República Checa o Irlanda. El Grupo B ya cuenta con Canadá, Qatar y Suiza, mientras Italia, Irlanda del Norte, Gales y Bosnia buscan su lugar. El Grupo C está completo: Brasil, Marruecos, Haití y Escocia. El Grupo D tiene a Estados Unidos, Paraguay y Australia, y define entre Rumanía, Eslovaquia, Kosovo y Turquía. El Grupo E está cerrado con Alemania, Curaçao, Costa de Marfil y Ecuador. El Grupo F tiene a Países Bajos, Japón y Túnez, y aguarda por Ucrania, Polonia, Suecia o Albania. El Grupo G ya está definido con Bélgica, Egipto, Irán y Nueva Zelanda. El Grupo H, con España como cabeza de serie, cruza a Uruguay, Cabo Verde y Arabia Saudita, y acá no esquivo la polémica: soy binacional y mucho más hincha de la Celeste que de mi país natal, la Argentina, una confesión que incomoda pero también revela que el fútbol se vive desde identidades profundas. El Grupo I tiene a Francia, Senegal y Noruega, y espera por Bolivia, Irak o Surinam. El Grupo J reúne a Argentina, Argelia, Austria y Jordania. El Grupo K cuenta con Portugal, Uzbekistán y Colombia, y define entre Congo, Jamaica y Nueva Caledonia. El Grupo L cierra con Inglaterra, Croacia, Ghana y Panamá.

Y así volvemos al punto de partida, al corazón de este debate que no es menor ni superficial; la canción de un Mundial es identidad, no decoración. Es lo que queda cuando el resultado se borra y el recuerdo se transforma en sensación. ¿Se animará la FIFA a elegir una melodía que pueda escucharse dentro de treinta años sin vergüenza, o volverá a rendirse ante la dictadura de la moda y el algoritmo?

Porque el otro eje que atraviesa esta nota —y que molesta, divide e incomoda— es el de las lealtades, los repechajes y las decisiones tomadas desde escritorios lejanos. En un Mundial que se juega tanto en la cancha como en la memoria, ¿qué terminará pesando más en 2026: la historia y la mística, o un sistema que ya parece haber olvidado qué significa cantar y sentir una camiseta? Y hay algo todavía más inquietante que el nombre del o la intérprete del próximo himno mundialista: el clima de época que lo rodea. Porque hoy el fútbol parece tener miedo de emocionarse sin pedir permiso, como si llorar un gol, una canción o una bandera fuera un gesto pasado de moda. Todo tiene que ser rápido, corto, editable, apto para stories.

El Mundial, que supo ser ritual, espera ahora su validación digital antes de atreverse a latir. Y en ese proceso, el himno deja de ser promesa para convertirse en producto, en fondo musical descartable. La pregunta no es quién canta en 2026, sino algo mucho más incómodo: ¿el fútbol todavía se anima a conmovernos sin mirar primero cuántos likes juntó?

Lo que sucede con la música es apenas el reflejo de un fenómeno mayor, más profundo y más peligroso: la pérdida del sentido. Se juega más que nunca, se canta menos que nunca; se produce en masa, se recuerda poco. Los grupos, los repechajes, las sedes compartidas y los calendarios apretados muestran a un Mundial expandido en territorio pero achicado en mística. Y en ese mapa, confieso sin rodeos —y que se enoje quien quiera— que mi corazón late más fuerte por Uruguay que por la Argentina que me vio nacer, porque la Celeste todavía entiende al fútbol como herencia, como causa, como epopeya transmitida de generación en generación. Entonces el contraste duele: mientras algunas selecciones aún defienden una identidad, el espectáculo global parece resignarse a ser sólo eso, espectáculo. ¿De qué sirve clasificar a 48 selecciones si en el camino se diluye aquello que hacía único al Mundial?

Y finalmente aparece la pregunta más filosa, la que no quiere responder nadie pero flota en cada decisión de escritorio: ¿qué futuro estamos construyendo para el recuerdo? Porque los pibes de hoy heredarán este Mundial 2026 como nosotros heredamos Italia 90, México 86 o Francia 98, pero sin canciones que los abracen, sin himnos que los representen, sin una épica que los invite a quedarse. Tal vez sepan editar reels mejor que nadie, pero quizás no tengan una melodía que les haga un nudo en la garganta dentro de veinte años. Y entonces el fútbol habrá perdido su batalla más importante, no la que se juega en la cancha sino en la memoria. Cuando dentro de tres décadas alguien pregunte “¿te acordás del Mundial 2026?”, habrá una canción que los haga cerrar los ojos… o sólo un ruido de fondo que ya nadie quiera escuchar?

Por Nicolás Agustín Casas

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