La Escuela de Fútbol Santitos de Santiago del Estero desembarcó en Jujuy para disputar el Torneo Infantil de Juventud Unida, y antes de pisar el césped ya habían ganado algo más valioso: la simpatía de todos.

Entre risas, ocurrencias y ese desparpajo típicamente santiagueño, los chicos protagonizaron una entrevista que pasó de lo futbolístico a lo cultural sin escalas, dejando en claro que para ellos el fútbol no es solo un juego, sino un ritual.
La tarde en el predio de Juventud Unida tenía ese aroma inconfundible de campeonato infantil: risas, botines golpeando el piso, termos pasando de mano en mano y una ansiedad dulce, casi eléctrica. Pero entre todos los equipos que iban llegando, hubo uno que rompió la calma y encendió el ambiente como si trajeran la siesta santiagueña en los hombros: la Escuela de Fútbol Santitos de Santiago del Estero.
Apenas bajaron del colectivo, los chicos desbordaron energía. Antes de acomodar mochilas o buscar sombra, ya estaban improvisando una ronda para charlar, cantar y bromear. Y entre ese torbellino de voces empezó un diálogo que terminó siendo una mini función, una clase magistral de picardía y cultura futbolera.

Uno arrancó fuerte, levantando la mano como si estuviera en conferencia:
—“Nosotros venimos a ganar, profe. En Santiago no viajamos pa’ pasear”, dijo, provocando carcajadas en sus compañeros.
Otro, más chiquito pero igual de decidido, agregó:
—“Acá no le tenemos miedo a nadie, ni a los jujeños ni a los salteños. Central Córdoba juega contra todos”.
El resto aprobó con un murmullo lleno de orgullo ferroviario.
Hablar de hinchadas derivó inevitablemente en clásicos. Un nene, camiseta negra y azul bien ajustada, tomó la palabra con una seguridad que ya quisieran muchos adultos:
—“El clásico en Santiago es lindo… pero nosotros siempre somos más. Central es pueblo, hermano”.
Los demás asentían, alguno lanzaba un “¡vamooo Ferro!” y otro, de boca abierta y sonrisa pícara, interrumpió para aclarar su disidencia futbolera:
—“Yo soy de Boca, ¿y qué?”
El coro explotó. Entre risas y cargadas, uno le disparó:
—“Si sos de Boca tenés que saber que River vive llorando”.
Y ahí se armó una avalancha de opiniones sobre la polémica del fin de semana:
—“Ese penal no era”, dijo uno.
—“Pero tampoco podían ganar así”, respondió otro.
—“Lo del árbitro fue cualquiera”, remató el más grandecito, con tono de panelista de TV.
La charla subía de tono futbolero y de repente bajó a tierra norteña, a esencia pura. Sin que nadie lo pidiera, uno de los chicos lanzó los primeros versos de una guaracha tradicional. Los demás lo siguieron automáticamente, como si el canto fuera un reflejo natural: palmas marcadas, risas, un pie que se sacude sin querer.
No era solo una canción: era identidad, era casa.
Entre guaracha y guaracha, las madres miraban con orgullo, los padres asentían como si todo estuviera ocurriendo tal cual lo imaginaron al subir al micro. Ellos, los chicos, seguían desparramando honestidad y humildad.
Cuando se les preguntó por el torneo, el tono volvió a la competencia:. No importa si hace calor, si la cancha es pesada vamos a jugar y divertirnos.Así, con la luz de la tarde cayendo sobre la cancha y el murmullo del predio creciendo, los Santitos fueron sellando su presencia en Jujuy mucho antes de que la pelota empezara a rodar. Mostraron algo que no se enseña en ninguna pizarra táctica: carisma, identidad y una alegría tan firme como sus convicciones.
No importa el resultado del fin de semana. Lo que dejaron en esta charla es suficiente testimonio de quiénes son y qué representan.
Los Santitos vinieron a competir, a disfrutar y, sin darse cuenta, a enamorar a Jujuy con su manera de vivir el fútbol: con humor, con folklore, con familia y con un corazón enorme que late a ritmo de guaracha.
Así son estos chicos: jugadores antes de jugar, personajes antes de saberlo, embajadores de una provincia que respira alegría y que hoy encontró en ellos su mejor presentación.

Por Nicolás Agustín Casas
