En la víspera del 20 de noviembre, la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy se sumerge en un clima denso, cargado, casi eléctrico.

Las paredes empapeladas, las miradas que se esquivan, los murmullos que recorren los pasillos como corrientes subterráneas y el eco de un video que se volvió viral en pocas horas anticipan que la elección del Centro de Estudiantes no será una más. Lo que se respira es expectativa, tensión y un hartazgo profundo que, por primera vez en años, empieza a manifestarse sin miedo.
En ese escenario irrumpe una lista que quiebra la inercia: UPL, Universitarios por la Libertad, un grupo de jóvenes que decidió presentarse por primera vez en la historia de Humanidades con una convicción firme: abrir ventanas donde durante años sólo se bajaron persianas, despejar dogmas enquistados y oxigenar una facultad que, a fuerza de automatismos ideológicos, terminó convirtiendo la pluralidad en un susurro y el disenso en una apuesta peligrosa.
Los integrantes de UPL prefieren el anonimato para evitar represalias, pero no ocultan la magnitud del gesto: “Nosotros nos presentamos por primera vez en Humanidades. Por primera vez en la historia”.
Hablan sin épica impostada, con la serenidad de quienes saben que los cambios verdaderos no se anuncian entre bombos y parlantes, sino que se tejen en silencio; en las aulas, en los pasillos, en las conversaciones íntimas de estudiantes que hace años sienten que la universidad dejó de serles propia.

Aun así, están preparados. Lo repiten. Preparados incluso frente a la virulencia con la que ciertos sectores reaccionaron ante la sola existencia de una alternativa. El episodio que marcó la semana expone esta tensión con crudeza; mientras desplegaban un banner en la puerta de Otero, un grupo intentó expulsarlos.
“Nos dijeron que no teníamos trayectoria, que no teníamos derecho a estar en el patio”, recuerda una estudiante de Historia. Lo dice sin enojo, pero con la ironía amarga que nace al presenciar cómo quienes más invocan la palabra “democracia” suelen ser los primeros en negarla cuando sienten que su hegemonía tambalea.
La contradicción no sorprende a quienes desde hace años perciben que la universidad pública —tan proclamada como plural y horizontal— se fue transformando en un espacio donde pensar distinto implica aislarse, soportar miradas suspicaces o exponerse a ataques velados. La militancia partidaria ocupa paredes, pasillos, cátedras y exámenes, mientras la neutralidad académica se volvió, demasiadas veces, una escenografía.
En ese contexto, UPL no promete milagros ni fantasías: propone que la Facultad funcione como corresponde. Exige transparencia en el uso de recursos —desde becas internas que nunca se entregan hasta fondos del Centro de Estudiantes cuyo destino nadie logra explicar—. Reclama respeto por la libertad de cátedra. Defiende al estudiante que piensa distinto. Y plantea algo tan básico como urgente: que la universidad priorice su función académica, no la propaganda política.
Una de sus integrantes sintetiza esta visión con calma: “No creemos que haya que estar todo el día en la Facultad para tener derechos. Venimos, estudiamos, cursamos, y la universidad pública también es nuestra”.
Otro miembro apunta al corazón del problema intelectual: “Siempre te encontrás con bibliografía de una sola afinidad ideológica. Y si un alumno cambia de opinión, es mal visto. Nosotros proponemos libertad de expresión real. Que no se excluyan otras ideas”.
Las historias se repiten: docentes que bajan línea sin disimulo, estudiantes que recomiendan “no exponerse”, pasillos donde algunas banderas están permitidas y otras no. Una militancia que colonizó espacios que fueron pensados para estudiar, no para evangelizar políticamente. “Queremos volver a lo simple. A lo que la política complicó”.
La campaña de UPL avanzó entre empujones simbólicos y también literales, entre hostilidades, advertencias y miradas de reojo. Pero avanzó con algo que ningún aparato puede suplir; el apoyo silencioso de estudiantes que no se animan a decirlo públicamente, pero que reconocen en UPL una bocanada de aire nuevo.
“Hay mucha gente que nos banca, aunque no lo parezca. Las propuestas de UPL no buscan colonizar, sino descolonizar. No buscan imponer, sino abrir. No buscan destruir, sino ordenar. Actividades deportivas, recuperación de espacios, transparencia administrativa, libertad académica, despartidización: prometen lo indispensable, no lo imposible.
Por eso mañana, en Humanidades, lo que se juega no es simplemente una elección: Es un gesto, una grieta en un esquema que parecía blindado, un recordatorio de que la libertad también tiene derecho a caminar por los pasillos de la Universidad. Que debatir no es delito. Que disentir no es traición.
Y aun así, lo decisivo ya ocurrió: UPL irrumpió, cuestionó, incomodó y abrió puertas. Y cuando la libertad entra, aunque sea por una rendija, nadie puede cerrarla del todo.
La razón por la que esta lista debería imponerse no radica solamente en su frescura generacional ni en su gesto disruptivo, sino en la sintonía profunda entre el clima que hoy recorre el país y la voluntad de una nueva camada de estudiantes que se niega a heredar una estructura universitaria desgastada. Después de casi ochenta años de pendular entre peronismos eternizados, dictaduras relegadas a la memoria, radicalismos intermitentes y experimentos políticos que se diluyeron en su propia tibieza, emerge una corriente diferente, más frontal, más moderna, más valiente. La irrupción de la libertad como principio ordenador —no como eslogan vacío— está reconfigurando la vida pública argentina, y su eco inevitable se siente en las aulas.
UPL es hija directa de este tiempo nuevo. Representa la certeza de que la política universitaria no puede seguir siendo un feudo de minorías ruidosas, sino un espacio donde circule el mismo viento de cambio que ya recorre la nación. La alianza entre la juventud liberal que decidió levantar la voz y esas llamadas “fuerzas del cielo”, que sacudieron al país tras décadas de mandarinatos ideológicos, conforma hoy una trama imposible de ignorar. Lo que se disputa mañana en Humanidades trasciende cualquier resultado: es la oportunidad real de romper con el inmovilismo, de dejar atrás décadas de repetición y de abrir, por fin, un ciclo donde la universidad vuelva a ser lo que siempre debió ser: un territorio libre, plural y fértil, donde pensar no sea un acto de resistencia, sino de celebración.
Por Nicolás Agustín Casas, para Las 24 Horas de Jujuy
