La paradoja de Artemis II: 13 toneladas de combustible por segundo tras la fachada de «misión limpia»

La NASA completó la carga del colosal cohete SLS en los días previos a su despegue, materializando el regreso de la humanidad a las proximidades de la Luna tras más de 50 años de ausencia.

Aunque la narrativa institucional resaltó el uso de propulsantes limpios para recorrer los 384.000 kilómetros del trayecto de ida y vuelta en su misión de 10 días, la industria aeroespacial sigue atada a procesos contaminantes.

La inmensa huella de carbono derivada de la producción industrial de hidrógeno y la utilización masiva de hidrocarburos cuestionan seriamente la viabilidad ecológica de la exploración espacial en un contexto fuertemente marcado por el cambio climático.

Mito ecológico del hidrógeno líquido

El cohete SLS, el más potente jamás construido por la agencia, fundamentó su propulsión en la mezcla de más de 2,6 millones de litros (unos 700.000 galones) de oxígeno e hidrógeno a temperaturas criogénicas. Esta reacción generó principalmente vapor de agua durante el lanzamiento, permitiendo a las agencias proyectar una imagen de sostenibilidad técnica, simulando el uso de hidrógeno verde.

Sin embargo, la obtención industrial de estas reservas —extremadamente volátiles y complejas de manejar por los problemas de fugas que tuvieron que ser solventados antes de la cuenta atrás— requirió reformado con gas natural.

La producción a gran escala evidencia una paradoja ineludible. Detrás de la aparente limpieza de unos motores que devoraron 13 toneladas de combustible por segundo al abandonar la plataforma, operan infraestructuras altamente demandantes de energía fósil para la licuefacción.

El balance de emisiones invalida el discurso ecológico promocionado y revela un coste medioambiental desproporcionado que se mantiene alejado del escrutinio público.

Dependencia estructural de los hidrocarburos

Más allá del inmenso tanque central criogénico, la arquitectura de la misión exigió cantidades colosales de crudo. Aunque se defendió como un sistema híbrido con tecnologías distintas, los elementos críticos de su diseño delataron su origen fósil:

Los propulsores de combustible sólido laterales, encargados de aportar la mayor parte del empuje inicial, emplearon polibutadieno como aglutinante principal, utilizando este derivado petroquímico directo para asistir en el despegue.

La síntesis de los polímeros ultrarresistentes dependió estrictamente de la industria plástica, vinculando la fabricación de la cápsula Orión a las cadenas de suministro tradicionales.

Las implicaciones de este consumo abarcaron la totalidad del soporte logístico en tierra. Los inmensos transportadores sobre orugas y la maquinaria pesada de ensamblaje requirieron quemar miles de litros de gasoil para operar en cada maniobra en los días previos al despegue.

Esta adicción a los combustibles fósiles cuestiona la coherencia de destinar presupuestos astronómicos a la exploración extraterrestre mientras se agrava el daño ambiental local.

Escenario futuro de la carrera espacial

La reciente expedición lunar plantea interrogantes severos sobre el modelo energético de las potencias tecnológicas. Mientras el planeta afronta un colapso acelerado por la extracción de recursos, los programas gubernamentales perpetúan métodos de propulsión anclados en los paradigmas industriales del siglo pasado, en lugar de apostar decididamente por la transición hacia las energías renovables.

La falta de alternativas verdaderamente neutras en carbono, como podrían ser los biocombustibles de cero emisiones adaptados al sector aeroespacial, dibuja un horizonte donde la ambición científica opera a costa del equilibrio ecológico terrestre.

Resulta imperativo que instituciones como la NASA asuman la responsabilidad integral de sus operaciones logísticas; de lo contrario, la exploración cósmica funcionará únicamente como una coartada para el derroche fósil masivo.

Fuente: papernest.es

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