La Liga Jujeña de Fútbol entre la desidia dirigencial y el abandono estatal

“El tiempo pasa, los gobiernos también… ¿y la Liga Jujeña qué?” , se preguntaría Enrique Pinti si pudiera observar el estado actual del fútbol local en esta olvidada esquina del país.

Sede de la Liga Jujeña de Fútbol

La respuesta sería tan evidente como desoladora: La Liga Jujeña de Fútbol está en ruinas. No son ruinas simbólicas, ni metáforas exageradas; hablamos de una estructura institucional abandonada, corroída por la inoperancia dirigencial y la indiferencia gubernamental.

En 2022 celebró su centenario. Un siglo de historia que, lejos de marcar un renacer, pareció inaugurar su derrumbe definitivo. Hoy, en 2025, a pocas fechas de cerrar el Torneo Apertura y entrar en la etapa de eliminatorias, la Liga es un páramo deportivo. Canchas en condiciones deplorables, categorías formativas relegadas, torneos femeninos desprotegidos y una dirigencia que ha convertido la victimización en su única estrategia de supervivencia.

Marcelo Sánchez, actual presidente de la Liga, ofreció recientemente una conferencia de prensa plagada de excusas. Denunció la falta de subsidios del Gobierno provincial como si esa sola causa explicara el descalabro generalizado. Pero lo que expuso, en el fondo, fue su propia incapacidad para ejercer el rol institucional que le corresponde. Las excusas no reemplazan a las estrategias; los lamentos no suplen la gestión.

Sí, es innegable la falta de acompañamiento estatal. Nadie discute eso. Pero también es cierto que no se puede construir un proyecto deportivo serio dependiendo exclusivamente de fondos públicos. Es una falacia peligrosa creer que solo los subsidios salvan. Y más grave aún es esconder detrás de esa narrativa la propia inacción.

Sánchez habló de “compromisos incumplidos” sin mostrar una sola prueba documental que los respalde. Se quejó de la ausencia del Estado sin proponer ni una alternativa: ni alianzas privadas, ni modelos mixtos, ni mecanismos de autogestión. Como si el fútbol de Jujuy tuviera que subsistir por caridad y no por convicción. ¿Hasta cuándo va a sostenerse esa visión asistencialista, cómoda y conformista de la dirigencia deportiva?

Además, parece olvidar que la Liga Jujeña no es solo San Salvador. En el interior profundo de la provincia hay clubes con historia, identidad y comunidad. ¿Qué ha hecho la Liga por ellos en los últimos años? Nada. O peor, los ha ignorado sistemáticamente. En lugar de tejer redes con esas instituciones para construir una estructura más federal, democrática y competitiva, la dirigencia eligió encerrarse en su zona de confort y abandono.

Sánchez y su mesa chica dicen estar “abiertos al diálogo, a la prensa y al público en general”. Suena bien para la foto. Pero se cae a pedazos cuando uno intenta participar o cuestionar.

Quienes pensamos distinto a esta pésima conducción sabemos lo que pasa: no tenemos acceso real a sus reuniones. Asambleas cerradas, decisiones entre pocos, monólogos de auto celebración que parecen salidos de una parodia de Disney más que de una institución que debería rendir cuentas con seriedad. Esa supuesta apertura institucional es, en realidad, una puesta en escena mediocre que se repite cada lunes mientras el fútbol jujeño se desangra en silencio.

 Tal vez ha llegado el momento de hablar de un tema tabú para el fútbol del interior: las Sociedades Anónimas Deportivas (S.A.D.). En una provincia golpeada por la pobreza, el éxodo juvenil y la falta total de infraestructura, pensar en nuevas formas de financiamiento, inversión y profesionalización ya no es un debate académico: es una urgencia práctica.

No se trata de vender la historia, ni de privatizar los sueños. Se trata de sobrevivir. Porque mientras el romanticismo del “club de barrio” sigue pintando postales nostálgicas, lo cierto es que hoy muchos de esos clubes no tienen agua en los vestuarios, ni balones en condiciones, ni entrenadores pagos. ¿También es culpa del Estado? ¿O estamos ante la prueba más clara de una dirigencia que ha fracasado estrepitosamente?

La situación de la Liga Jujeña no se resuelve con conferencias vacías ni reuniones de pasillo. Hace falta un plan real, con metas concretas a corto, mediano y largo plazo. Hace falta una visión. Un modelo de gestión que entienda que el fútbol no solo es pasión, sino también organización, planificación, inversión sostenida y, sobre todo, responsabilidad.

Mientras tanto, los clubes tambalean al borde del abismo. Las inferiores entrenan en canchas con pozos. El fútbol femenino se sostiene con parches. Y el hincha —ese que aún cree que el fútbol puede ser comunidad— ya no se ve representado por nada ni por nadie.

Esta no es solo una crisis económica o estructural. Es también una crisis cultural. Un sistema donde la improvisación reemplazó a la planificación. Donde la apatía le ganó a la ambición. Donde se normalizó la decadencia. Lo peor de todo es que la dirigencia actual perdió algo fundamental: la capacidad de soñar con algo mejor.

¿Dónde están los proyectos? ¿Las mesas de trabajo? ¿Las autocríticas? ¿Los espacios para pensar colectivamente? No están. No existen. Y el silencio cómplice se ha vuelto costumbre. Y que no se malinterprete: el Estado también tiene que responder. La política jujeña ha abandonado el deporte. No hay presupuesto, ni políticas públicas integrales, ni continuidad en nada. El deporte amateur y semiprofesional no está en agenda, salvo cuando una copa escolar sirve de excusa para la foto de campaña.

Pero si algo queda claro, es que la solución no vendrá de arriba. No va a bajar del cielo. No saldrá de un escritorio estatal ni de esta dirigencia autocomplaciente. El cambio —si de verdad se quiere— debe empezar desde abajo.

Desde los clubes. Desde los que resisten sin recursos. Desde los padres que rifan empanadas para comprar camisetas. Desde las entrenadoras que trabajan gratis. Desde los pibes que entrenan descalzos. Desde los hinchas que todavía creen.

Ellos son la verdadera liga. No los que redactan comunicados vacíos. No los que repiten excusas todos los lunes. No los que se esconden detrás de una estructura sin transparencia ni ambición.

Por eso, esta nota no es solo una denuncia. Es una advertencia y una invitación. Advertencia para quienes siguen hundiendo esta institución con soberbia e indiferencia. E invitación para quienes, aunque estén callados, saben que esto puede y debe cambiar.

Porque si seguimos así, no vamos a ver una nueva generación de jugadores. No vamos a ver clubes creciendo. No vamos a ver ligas profesionales. Lo que vamos a ver es un funeral. El entierro definitivo de una estructura que alguna vez supo tener historia, pasión y dignidad.

Y ese entierro no lo va a cubrir nadie. Ni los medios. Ni el Estado. Ni los propios dirigentes. Lo van a llorar, como siempre, los de abajo: los que se rompen el alma por una camiseta sin pedir nada a cambio. Los que todavía sueñan, aunque el resto ya haya dejado de creer. La Liga Jujeña no está muriendo por falta de recursos. Está muriendo por falta de coraje. Coraje para cambiar, para innovar, para dejar atrás a los mediocres de siempre y abrir paso a una nueva generación de dirigentes que entienda que el fútbol no es un capricho: es cultura, identidad y derecho social.

La pregunta ya no es si se puede salvar. La pregunta es si hay voluntad real de hacerlo. Porque seguir sosteniendo esta estructura decadente —por costumbre, por miedo o por negocios— no es inocencia: es complicidad.

Y cuando el último club cierre sus puertas, cuando la última pelota deje de rodar, cuando el último chico cambie los botines por la resignación, no digan que no sabían. Digan que no hicieron nada.

Por: Nicolás Casas

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