La AFA: «Una casa de ricos con puertas cerradas al interior»

El debate sobre las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) está lejos de ser algo meramente técnico o administrativo. Es un tema que toca fibras profundas de lo que significa el fútbol en nuestra cultura.

Sede de la Asociación del Fútbol Argenino

Los detractores argumentan que las SAD representan un paso hacia la mercantilización completa del fútbol, priorizando el negocio sobre la pasión y el sentido de pertenencia que caracteriza a los clubes como espacios sociales.

Sin embargo, los defensores plantean que las SAD podrían ofrecer herramientas para profesionalizar la gestión, garantizar transparencia y atraer inversiones necesarias para la supervivencia de muchos clubes, en especial del interior.

Si miramos casos como el de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, su situación actual expone las grietas de un modelo que ya no responde a las necesidades de los clubes. La falta de recursos, la dependencia de políticas provinciales, y la nula participación de los socios en la toma de decisiones son apenas algunos síntomas de un problema que no solo afecta a los «lobos jujeños», sino también a equipos como Altos Hornos Zapla, Talleres de Perico, y tantos otros que en algún momento representaron el corazón deportivo del norte argentino.

La propuesta de convertir estos clubes en SAD genera un dilema: ¿es realmente una salida superadora o solo un parche más en un sistema que no termina de resolver sus problemas estructurales? En el interior del país, los clubes no son solo espacios deportivos; son centros neurálgicos de la comunidad, lugares donde la gente encuentra identidad, pertenencia y resistencia frente a un sistema que muchas veces los deja al margen.

Esta realidad se vuelve aún más evidente en provincias como Jujuy, donde el fútbol no es un simple espectáculo, sino un catalizador de emociones colectivas y un refugio frente a las crisis económicas y sociales.

Jesús Martín-Barbero, en su análisis sobre las mediaciones culturales, argumentaba que los medios de comunicación no solo relatan los hechos, sino que los resignifican, dándoles un peso simbólico que trasciende lo inmediato. En este sentido, el fútbol actúa como un espejo que refleja las desigualdades sistémicas del país.

Partidos como el de Altos Hornos Zapla y Pocitos, aunque parezcan insignificantes en el plano deportivo, son ejemplos vivos de cómo las decisiones políticas y económicas afectan directamente la vida cultural de las comunidades.

El centralismo de la AFA, bajo la conducción de figuras como Tapia, perpetúa un sistema unitario en el que los clubes del interior apenas tienen voz. Este esquema no solo les niega recursos económicos esenciales, sino también las oportunidades de crecimiento necesarias para competir en igualdad de condiciones con los equipos metropolitanos.

La discusión sobre las SAD también incluye una dimensión económica crucial.

Los clubes necesitan recursos para infraestructura, formación de juveniles, contratación de jugadores y mantenimiento general. Pero esto no puede venir de la mano de un modelo que entregue el alma del club al mejor postor. Los inversores deben entender que su rol no es explotar el club como una mina de oro, sino como socios estratégicos que contribuyan al crecimiento sostenido y al desarrollo de la institución.

El caso de estudiantes de La Plata, que introdujo un modelo de negocio más profesional y transparente, podría servir como ejemplo. Sin embargo, el riesgo es que, sin las regulaciones adecuadas, las SAD se conviertan en herramientas de saqueo, dejando a los clubes en peor situación que antes.

Si queremos un cambio real, es fundamental repensar el sistema de arriba hacia abajo.

Esto incluye:

Federalismo real en la toma de decisiones dentro de la AFA, asegurando que los clubes del interior tengan una representación proporcional.

Inversiones controladas, donde el porcentaje de ganancias para el inversor esté directamente ligado al crecimiento sostenido de la institución.

Transparencia total en las operaciones económicas de los clubes, evitando el desvío de fondos y otras prácticas corruptas.

Participación activa de los socios, devolviéndoles el poder de decisión en las cuestiones estratégicas de la institución.

El fútbol argentino no necesita parches, sino un cambio estructural profundo que garantice que los clubes, especialmente los del interior, puedan desarrollarse sin perder su esencia. Porque en el fondo, el fútbol no es solo un deporte; es una expresión cultural, una identidad colectiva y, para muchos, un motor de sueños y esperanzas. Si las SAD se implementan, será clave que no se conviertan en herramientas de exclusión y mercantilización extrema.

Deben ser vistas como un medio para alcanzar un fin: un fútbol argentino más justo, profesional y representativo de su diversidad cultural. Nos atrevemos a plantear un cambio estructural profundo, podemos salvar al fútbol argentino antes de que termine de sucumbir ante los intereses mezquinos y la centralización que lo asfixia.

El fútbol no es solo un deporte; es identidad, resistencia, y esperanza.

El sistema actual del fútbol argentino refleja un centralismo asfixiante que perpetúa desigualdades, especialmente para los clubes del interior.

A estos se les niega representación real en los órganos de decisión, mientras que los recursos y oportunidades se concentran en un puñado de equipos que parecen más interesados en mantener su poder que en el crecimiento colectivo. La AFA y su dirigencia actual, encabezada por figuras como Tapia, han sido duramente criticadas por priorizar intereses personales sobre el bienestar del deporte y de las comunidades que dependen de él.

Este modelo fomenta la corrupción, limita las oportunidades para el desarrollo regional y erosiona el vínculo simbólico entre los clubes y sus hinchas.

El debate sobre las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) es tan polémico como necesario. Por un lado, se presentan como una solución para profesionalizar y transparentar la gestión de los clubes, atrayendo inversiones que potencien el crecimiento económico. Por otro lado, muchos temen que las SAD prioricen las ganancias económicas sobre los valores culturales y sociales inherentes al fútbol.  Si bien algunos clubes han explorado este modelo con éxito en otros países, en Argentina genera desconfianza por el historial de prácticas corruptas en las altas esferas del fútbol.

La clave para implementar este sistema radicaría en garantizar mecanismos de control, participación activa de los socios y reinversión de las ganancias en infraestructura, formación de jugadores y desarrollo social.

El caso de clubes del interior, como Gimnasia y Esgrima de Jujuy, Altos Hornos Zapla y otros históricos, evidencia la urgencia de democratizar el acceso a recursos y representación. No se trata solo de competir en lo deportivo, sino de fortalecer el rol de los clubes como pilares de identidad y cohesión social en sus comunidades. El fútbol argentino necesita un modelo que no solo sea sostenible económicamente, sino también justo y equitativo.

Esto incluye: Los clubes deben tener voz y voto en las decisiones estratégicas, sin importar su ubicación geográfica.

Es imperativo garantizar que los recursos se destinen al crecimiento integral del club y de la comunidad que lo rodea. La gestión de los clubes y de la AFA debe estar sujeta a auditorías externas y al escrutinio público.

Es hora de cuestionar las lógicas que perpetúan la desigualdad y trabajar colectivamente para recuperar la esencia del fútbol. Los hinchas, los dirigentes responsables y las comunidades deben exigir reformas profundas y duraderas. Solo así podremos construir un futuro donde el fútbol argentino recupere su lugar como fuente de orgullo y esperanza, tanto dentro como fuera de la cancha.

Porque el fútbol, en su esencia más pura, es mucho más que goles y campeonatos: es la voz de un pueblo, el eco de generaciones, y la promesa de un mañana mejor.

Por: Nicolás Casas

Scroll al inicio