El caso Comesaña y la suspensión del partido entre Gimnasia y Esgrima de Jujuy y Deportivo Madryn desnuda, con la crudeza de un bisturí, la arbitrariedad, la negligencia institucional y la mediocridad estructural de una AFA que no protege a sus clubes ni a sus hinchas.

Desde el primer pitazo, la cancha de “23 de Agosto” dejó de ser un terreno de juego para convertirse en un teatro de caos: un penal evidente a favor de Gimnasia, que todos vieron menos el árbitro, quedó sepultado; tarjetas amarillas aplicadas sin criterio, expulsiones injustas y una permisividad sospechosa hacia el visitante conformaron un escenario donde la justicia deportiva se evaporó como vapor en el aire caliente de Jujuy.
La normativa de AFA es diáfana: el árbitro debe actuar con profesionalismo, informar, consultar con el delegado y mantener la calma ante cualquier incidente. Pero Comesaña ignoró estas reglas y, lejos de corregir el desorden que él mismo permitió, suspendió el partido, transformando su autoridad en instrumento de perjuicio, y dejando que la pasión de un pueblo entero se estrellara contra el muro invisible de la negligencia.
El informe arbitral de Comesaña es un espejo roto que refleja la improvisación de Tapia y su séquito: no se registra intervención del delegado del Club, no se evidencia consulta con el operativo de seguridad, no hay acción alguna para restablecer el orden. Solo una frase hueca y final, que huele a excusa: “no hay garantías de seguridad”. Mientras esto ocurría, espectadores, jugadores, cuerpo técnico e incluso un niño alcanza-pelotas expulsado antes de iniciar el partido sufrían la arbitrariedad de un juez temeroso; la autoridad que debería proteger el juego y la transparencia se convertía en amenaza, y la AFA se hundía un poco más en la mediocridad estructural que hoy define la gestión de Tapia.
Cada club que viaja cientos de kilómetros para disputar la Primera Nacional enfrenta no solo a su rival, sino a un sistema que premia la improvisación, tolera la parcialidad y castiga a quienes exigen justicia. El fútbol deja de ser un espacio de pasión para transformarse en un escenario donde la incompetencia de los dirigentes se refleja en la frustración de jugadores, técnicos e hinchas.
Y mientras tanto, en Buenos Aires, Tapia sonríe, habla de transparencia y se cubre con la bandera de un título mundial que, en mi caso particular, no celebré, porque moralmente no lo siento propio. Celebrar Qatar 2022, mientras los clubes locales sufren atropellos y la arbitrariedad se impone como norma, es una paradoja dolorosa: un campeonato que debería ser orgullo nacional se convierte en espejo de fallas internas, de arbitrajes que perjudican al local y de una gestión que protege intereses antes que reglas. Cada penal no cobrado, cada expulsión discutible y cada suspensión injustificada son un recordatorio de que el sistema está podrido desde arriba.
Tapia ha transformado la AFA en un espacio de miedo y complicidad, donde la autoridad se confunde con sumisión y donde los clubes pagan dos platos rotos: por un lado, la gloria aparente; por otro, la impotencia frente a la arbitrariedad cotidiana.
Grondona vs Tapia: Un contraste imposible de ignorar
Julio Grondona, con todos sus defectos, supo imponer orden; su autoridad, rígida pero coherente, generaba estabilidad, sancionaba irregularidades y mantenía la consistencia de los torneos y la formación arbitral.
Tapia, en cambio, improvisa, titubea y delega responsabilidades hasta permitir que cada partido se convierta en un juego de azar donde el azar es la incompetencia administrativa.
Mientras Grondona construía estructuras, Tapia las desmorona; mientras Grondona imponía un régimen respetado, Tapia disfraza la mediocridad con excusas y promesas vacías, dejando que la pasión del fútbol argentino se estrelle contra los muros de su ineptitud. La diferencia es abismal: Julio ganaba por goleada moral y administrativa; Tapia solo acumula excusas, frustraciones y un reino de ciegos y cómplices.
Bajo su mandato, cada decisión arbitral, cada informe contradictorio y cada suspensión injustificada son piezas de un engranaje podrido que castiga al que juega limpio, premia al oportunista y convierte la cancha en escenario donde la justicia es un mito y la transparencia, un lujo inexistente. La autoridad, que debería proteger el juego y la pasión del pueblo, se convierte en amenaza; la estructura que debería garantizar reglas claras se transforma en teatro de improvisación; y los clubes, jugadores y hinchas quedan a merced de la arbitrariedad, pagando un precio que nadie debería afrontar.
Celebrar un triunfo externo mientras se ignoran los atropellos internos es cruel y doloroso: cada penal no cobrado, cada expulsión discutible, cada suspensión arbitraria recuerda que la AFA está enferma, que la gloria es superficial y que el costo moral lo pagan quienes más aman este deporte. La paradoja es brutal: un campeonato que no refleja nuestra esencia interna y un sistema administrativo que permite que la injusticia se convierta en norma.
Epílogo: La pregunta que quema y que nadie responde
¿Hasta cuándo será al revés? ¿Cuándo veremos una AFA que privilegie la equidad, la justicia y la transparencia por encima de los intereses personales, la improvisación y la mediocridad administrativa? Mientras Tapia siga al mando, la AFA seguirá siendo un reino de ciegos y cómplices, y la pasión por el fútbol argentino continuará sobreviviendo entre frustración e indignación.
Que la memoria del fútbol nos reclame honestidad, que los clubes exijan justicia, que los árbitros actúen con profesionalismo y que la pasión siga viva.
Porque algún día, tal como dice Copani, tendrá que ser al revés: justicia para quienes juegan limpio, transparencia para quienes dirigen, gloria verdadera para quienes la merecen y una AFA que deje de ser teatro de improvisación y mediocridad.
Mientras eso no ocurra, seguimos pagando dos platos rotos: uno por la arrogancia y la improvisación de la dirigencia; otro por una gloria que no honra la ética ni representa la esencia del fútbol argentino.

Por: Nicolás Agustín Casas
