A pesar de las amenazas climáticas que sobrevolaron la jornada, Jujuy volvió a ratificar que hay tradiciones más fuertes que cualquier pronóstico. Este domingo, en el atrio de la iglesia catedral y en la Plaza Belgrano, se llevó a cabo la 26° edición del tradicional Encuentro de Pesebres, una manifestación de fe, identidad y memoria colectiva que cada verano convoca a familias enteras y, especialmente, a los más chicos.

Desde temprano, la ciudad comenzó a transformarse. Calles cercanas colmadas, sonidos de bombos, quenas y cajas, pasos pequeños pero firmes avanzando en columnas ordenadas. Por momentos, el clima sonoro recordó al de una tribuna popular; pero no había competencia ni gritos de enojo, sino cantos de adoración y alegría. Jujuy, una vez más, se dejó atravesar por una celebración que mezcla lo religioso con lo cultural, lo íntimo con lo comunitario.
El Encuentro se realiza en los días previos a la llegada de los Reyes Magos y tiene un objetivo claro: mantener viva la ilusión de los niños y niñas, sostener la fe cristiana y transmitir, de generación en generación, una costumbre profundamente arraigada en los barrios. Los pesebres comienzan a organizarse desde noviembre y permanecen activos hasta pocos días antes del 6 de enero, extendiendo el tiempo de la Navidad más allá del calendario.
La Plaza Belgrano y sus alrededores se convirtieron en el corazón de la celebración. Pesebres provenientes de distintos puntos de la ciudad y de localidades cercanas fueron llegando en desfile, con músicos y adoradores que coparon el espacio público. El impacto visual y sonoro fue contundente: una marea de chicos y chicas, acompañados por sus familias, reafirmando una tradición que sigue creciendo.

Entre los pesebres históricos se destacó el del barrio Chijra, con 57 años de trayectoria. Ubicado frente a la plaza Belén, en la casa de la familia Mamani, fue fundado por doña Clara Uruguay de Mamani y hoy continúa bajo la responsabilidad de su hijo Gustavo. Actualmente participan más de 120 niños y jóvenes, entre músicos y adoradores, un número que habla del compromiso comunitario y del trabajo sostenido durante décadas.
Los ensayos comienzan cada 8 de diciembre y se extienden hasta la Nochebuena. El 24, los chicos asisten a misa con su vestimenta tradicional y luego regresan al pesebre para iniciar las adoraciones y las visitas a otros barrios como Belgrano, San Martín, Campo Verde, Los Perales y zonas aledañas. Las jornadas son largas, pero la emoción y el acompañamiento vecinal sostienen cada paso.
La escena se repite en cada testimonio: emoción, orgullo y una nostalgia inevitable. Nostalgia por los abuelos y abuelas que iniciaron estas expresiones de fe, por los años compartidos, por las infancias que crecieron entre cantos y procesiones. Orgullo por ver que la tradición no se pierde, sino que se renueva en los más jóvenes.

El Encuentro de Pesebres, que alcanza su 26° edición casi ininterrumpida —solo suspendida durante la pandemia—, volvió a demostrar su vigencia. Este año, de manera provisoria, las celebraciones se realizaron bajo una carpa especialmente acondicionada junto a la catedral, debido a refacciones en los espacios habituales. Lejos de restar solemnidad, la adaptación reafirmó el espíritu de comunidad y la voluntad de no interrumpir el rito.
Pesebres como San José Obrero, Caminito de Belén y tantos otros aportaron su historia y su presente. Algunos con más de veinte años de camino recorrido, otros con nuevas generaciones que se suman año a año. Ensayos, visitas diarias, agendas colmadas y noches que se extienden hasta entrada la madrugada forman parte de un esfuerzo silencioso que tiene un único destinatario: los niños.
Cuando el sol comenzó a caer sobre la Plaza Belgrano, Jujuy volvió a mirarse en ese reflejo antiguo y vigente a la vez. En cada instrumento, en cada canto, en cada paso infantil cargado de ilusión. Porque en esta tierra, la fe no se declama: se camina, se canta y se transmite. Y mientras haya chicos adorando frente a un pesebre, la esperanza seguirá teniendo lugar. La noche terminó de sellar la escena con una certeza compartida. Más allá de las fechas, de los cambios de escenario o de las dificultades del contexto, el Encuentro de Pesebres sigue siendo un refugio simbólico para la comunidad. Un espacio donde la calle se vuelve sagrada y donde el tiempo parece detenerse para escuchar, otra vez, las mismas canciones que aprendieron los abuelos y que hoy repiten los nietos.

En cada rincón se repitió la misma imagen: padres acompañando, vecinos ofreciendo agua o una silla, chicos esperando su turno con los instrumentos abrazados al cuerpo. No hubo apuro. No hizo falta. La celebración avanzó con el ritmo propio de lo auténtico, de aquello que no responde a modas ni a urgencias, sino a una convicción profunda.
El mensaje final, pronunciado entre cantos y bendiciones, volvió a poner el foco en lo esencial: la fe como sostén, la esperanza como horizonte y la dignidad de cada persona como eje. En tiempos complejos, el Encuentro de Pesebres se reafirma como un acto colectivo de resistencia cultural y espiritual, una manera de decir que todavía es posible reunirse sin miedo y creer en algo compartido.
Así, la 26° edición cerró como empezó: con los chicos en el centro de la escena. Ellos, que ensayan durante semanas, que recorren barrios enteros, que esperan con ilusión la llegada de los Reyes Magos, son la razón de ser de esta tradición. En sus voces, en sus pasos y en su mirada atenta está la continuidad de un legado que no se negocia.

Jujuy volvió a demostrar que la tradición no es un recuerdo inmóvil, sino una práctica viva. Que la Navidad no se reduce a una fecha, sino que se extiende en el tiempo cuando hay comunidad. Y que, mientras haya un pesebre armado, una canción entonada y un niño dispuesto a adorar, la esperanza seguirá caminando por sus calles.

Por: Nicolás Casas
