Mi abuelo me hablaba del “Negro” Guerrero como quien te habla de un prócer, de una leyenda que caminó por el barrio, que sudó en los potreros y que, sin buscarlo, se volvió eterno.

No usaba palabras rimbombantes ni cifras de archivo: lo contaba con el corazón. Como se cuenta lo que uno ha amado mucho. Y a veces —ahora lo entiendo— hasta con la voz entrecortada. Porque hay nombres que no se olvidan. Hay nombres que son como melodías viejas que, aunque ya no suenen, siguen vibrando en la memoria. Manuel Alfredo Guerrero es uno de ellos.
Me acuerdo, como si fuera hoy, cuando mi abuelo se sentaba en la galería con su mate humeante, y yo, un pibe que apenas entendía de gambetas, lo escuchaba hablar de aquel morochito flaco que se calzaba la celeste y blanca como si se calzara la piel. “Era uno de los nuestros”, decía. “Un chango de San Salvador, nacido allá por el ‘65, que se crio con el barro en los botines y los sueños en los pies”.
“Te juro, hijo”, me decía, “jugaba con una pasión que ya no se ve. A los 16 nomás ya estaba en la Liga Jujeña, corriendo la banda como si cada centro fuera una declaración de amor al Lobo. Vos no sabes lo que era verlo en la cancha… no sabes lo que era sentir que jugaba por todos nosotros”.
Y yo lo miraba, callado, aprendiendo. Porque en cada palabra que salía de su boca, había más que recuerdos. Había historia viva. Había algo sagrado. Como cuando me contaba que debutó oficialmente en AFA en el Regional del ’83 contra Atlético Ledesma, llevado de la mano del gran Celso “Trampolín” Fernández. “Ese día, changuito, nació algo más que un jugador. Nació un símbolo”.
Ganó el Anual y el Confraternidad en el ‘85. Fue figura. Fue líder. Fue bandera en tiempos buenos, y sostén cuando el cielo se nubló. “¿Sabes lo que es quedarse cuando todo parece caerse?”, me preguntaba mi abuelo. “Eso hacía el Negro. Cuando muchos se iban, él volvía. Cuando nadie apostaba un peso, él apostaba el alma”.
Y en esa Liga del ’89 volvió a brillar. En el Torneo del Interior fue un faro. Marcó 13 goles en 23 partidos. Y no fueron goles cualesquiera: dos en cuartos, uno en semis… y varios más que empujaron al equipo de vuelta al profesionalismo. “Ese año, hijo, fue como volver a nacer. ¡Y con el Negro al frente!”, me decía, mientras se le humedecían los ojos.
Hasta que llegó el Nacional B. Y otra vez, Guerrero al frente. Campeón y goleador en la temporada 93/94, con 14 goles que todavía se festejan como si fueran de ayer. “Le hizo uno a Talleres y otro a Atlético Tucumán que no me voy a olvidar jamás”, me contaba, con los brazos alzados, como si estuviera en la tribuna otra vez, joven, gritando hasta quedarse sin garganta.
Y jugó en Primera. Con el club de su vida. Con el escudo en el pecho y el corazón en la punta del botín. Jugó hasta el ‘97. Y el 5 de abril de ese año —mi abuelo siempre lo recordaba con precisión quirúrgica— metió su último gol. Después… después lo que vinieron fueron las dudas. Que si fueron 110, 113, 117… “Pero a esa altura, m’hijito, los goles ya no se contaban, se sentían”, me decía.
Jugó más de 430 partidos. Estuvo más de 15 años con la misma camiseta. Pero lo que lo hizo eterno no fue solo eso. Fue lo que vino después. Porque el Negro no se fue. Nunca se fue. Se quedó enseñando a los más chicos. En la Escuelita, en los entrenamientos, en los pasillos del club. “¿Vos te crees que solo enseñaba a patear?”, me decía el abuelo, sonriendo. “Enseñaba a querer al club. A quererlo de verdad, como él lo quiso”.
Y ese amor, te juro, lo contagió. En cada chico que pasaba por sus manos había un pedacito de él. En cada nene que soñaba con debutar en la Liga, estaba su ejemplo. En cada centro tirado desde la derecha, estaba su huella.
El lunes 2 de junio, el Negro se fue físicamente. Eso dicen los diarios. Pero para nosotros, los que crecimos escuchando su nombre como un rezo, el Negro no se fue nunca. Vive en cada bandera del 23 de Agosto. En cada abrazo de gol. En cada lágrima que se escapa cuando lo recordamos. Porque hay ídolos que trascienden la cancha. Que no se apagan con el pitazo final.
Y yo, que nací en mayo del ‘98, no lo vi jugar. No grité sus goles. No lo vi correr la banda. Pero siento que lo conozco. Porque mi abuelo me lo contó tantas veces, con tanto amor, que siento que lo llevo conmigo. Como si ese Guerrero que él admiraba fuera parte de mi propia sangre. Como si, en el fondo, su historia también fuera la mía.
Gracias, Negro. Por haber sido ese jugador que se volvió pueblo. Por haber dejado tanto amor en la camiseta. Por haberte quedado cuando todo ardía. Por habernos enseñado que el fútbol también se juega con el alma.
Y allá, donde estés, ojalá haya un potrero con pasto gastado, una pelota de trapo y una tribuna que te cante. Porque vos, Negro, nunca te fuiste. Porque vos sos Gimnasia. Y Gimnasia, desde siempre, lleva tu nombre en el pecho.

Nicolás Casas
