Estudiantes volvió a demostrar que es el dueño de la ciudad en el clásico platense

En un estadio colmado y teñido de rojo y blanco, Estudiantes de La Plata volvió a dejar en claro quién manda en la ciudad de las diagonales.

El Pincha superó con autoridad a Gimnasia y Esgrima en una nueva edición del Clásico Platense, reafirmando su hegemonía futbolística y emocional ante el eterno rival.

El partido estuvo cargado de simbolismo. Era 19 de octubre, fecha imposible de olvidar para los hinchas albirrojos: aquel mismo día, pero en 2006, se escribía la página dorada del 7 a 0 en el Estadio Único. Hoy, casi dos décadas después, la historia pareció volver a guiñarles el ojo a los leones.

El equipo de Eduardo Domínguez salió decidido desde el primer minuto. Dominó el trámite, impuso su jerarquía y volvió a demostrar que en La Plata, el fútbol tiene un solo dueño. El León rugió con fuerza y no dejó dudas.

La primera emoción llegó sobre el final del primer tiempo. Corría el minuto 46, cuando el colombiano Edwin Cetré, ese “Azuquita pa’l café” que enamora a la gente del Pincha, capturó un pase preciso del Ruso Ascacíbar y la mandó a guardar. Golazo, explosión total en 1 y 57, y desahogo de un pueblo que lo gritó con alma y vida.

Antes de ese tanto, Palacios había estrellado un remate en el travesaño, en una jugada que presagiaba lo que vendría. El dominio era total y el gol, cuestión de tiempo.

Ya en el complemento, a los 52 minutos, apareció la figura de la tarde: Guido Carrillo. El delantero, símbolo de la casa y orgullo pincharrata, coronó una actuación brillante con un gol de crack, de esos que se graban en la memoria. El 2-0 fue justicia pura, premio al que buscó, al que propuso y al que siempre fue al frente. “Carrillo merece selección”, se escuchó desde las cuatro tribunas. Y claro que sí.

Hubo también momentos de pierna fuerte. Meza vio la amarilla en el local, y curiosamente, su homónimo Meza en Gimnasia también fue amonestado. Pero nada empañó la fiesta.

El conjunto visitante, conducido de manera interina por Fernando Zaterato tras la salida de Alejandro Orfila, se mostró sin respuestas, sin alma y sin rumbo. Gimnasia fue un Lobo sin colmillos, un equipo desorientado que hoy mira de reojo la zona baja de la tabla y se aferra a la cuerda floja del descenso.

Una nota destacada dentro de la jornada fue el debut de Nicolás Barros Schelotto, hijo de Guillermo Barros Schelotto, quien ingresó por el lado del conjunto tripero. El joven futbolista vivió su primera experiencia en el clásico platense, en un contexto adverso para su equipo pero con la emoción intacta de vestir la camiseta azul y blanca por primera vez.

Antes del arranque, se vivió un emotivo homenaje póstumo a Miguel Ángel Russo, símbolo eterno del Club. Las luces, los cánticos y las lágrimas de los hinchas transformaron el estadio en un santuario albirrojo.

El pitazo final desató la locura. Banderas, abrazos, lágrimas y cánticos que resonaban con fuerza: “De nosotros le diste alma y vida al fútbol”. La ciudad volvió a teñirse de rojo y blanco.

Porque sí: Estudiantes volvió a ser el capo de La Plata.

Y en el Día de la Madre, como en aquel 2006 inolvidable, el León volvió a rugir más fuerte que nunca.

Por Nicolás Casas

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