Desde el pomposo escenario de Davos, el presidente Javier Milei volvió a dar una cátedra de retroceso histórico disfrazado de discurso disruptivo.

Con una retórica que haría sonrojar a los más conservadores del Siglo XIX, Milei apuntó sus dardos contra el feminismo, la diversidad, el ambientalismo y todo lo que huela a progreso social. Si uno cerrara los ojos, podría imaginarse a este hombre defendiendo el derecho a la servidumbre y la propiedad de las tierras con las mismas épicas palabras que utiliza para despotricar contra el «wokismo».
Milei, fiel a su estilo incendiario, calificó a la ideología «woke» como un «virus mental» y un «cáncer que hay que extirpar». Su diagnóstico deja en claro que, para él, la lucha por los derechos de las mujeres, la igualdad para las comunidades LGBT+ y la protección de nuestro planeta son males a erradicar. El presidente parece haberse quedado atrapado en un tiempo en el que las jerarquías eran indiscutibles y los privilegios de unos pocos no se cuestionaban.
Lo más alarmante no es su ataque a la modernidad, sino su arrogante nostalgia de un orden social que perpetuaba la desigualdad. Cuando Milei habla de «libertad», lo que verdaderamente defiende es un sistema en el que unos pocos deciden y el resto obedece. No hay libertad en sus palabras para las mujeres que buscan decidir sobre sus propios cuerpos, ni para las personas que luchan por ser quienes son sin miedo al rechazo o la violencia.
Su defensa de Elon Musk, luego de un gesto que muchos interpretaron como un saludo fascista, tampoco sorprende. Para Milei, parece ser más prioritario proteger a los multimillonarios de la crítica que garantizar derechos básicos a los argentinos. Y, como si esto no bastara, también se lanzó contra el presidente español Pedro Sánchez, acusándolo de intentar «callar a todos los que piensan distinto» por querer regular el caos en las redes sociales. Ironía pura, considerando cómo Milei intenta silenciar cualquier opinión que no coincida con su verdad absoluta.
Lo que Milei propone no es nuevo ni valiente. Es la misma vieja estrategia de dividir para gobernar, de demonizar los procesos sociales que luchan por una sociedad más justa. No es «revolucionario» gritar contra el feminismo o la ecología desde la comodidad de un palco internacional. Es cobarde, porque atacar a quienes buscan transformar el mundo para bien siempre ha sido más fácil que enfrentarse a los verdaderos problemas estructurales.
¿Cómo una sociedad que ha luchado tanto, que ha sido faro de vanguardia intelectual, política y socialmente, puede hoy aplaudir un discurso que nos arrastra al pasado? Invito a quienes eligieron a Milei a reflexionar: ¿están realmente de acuerdo con estas ideas que desprecian el esfuerzo colectivo de generaciones que nos antecedieron? ¿Es esta la Argentina que quieren construir para sus hijos e hijas? El silencio o la indiferencia también son una elección.
Desde su lugar de privilegio, Milei parece desconocer cómo es la vida para quienes no tienen acceso a los mismos beneficios. Su visión del mundo es tan reducida que no contempla a las madres trabajadoras, a los jóvenes que enfrentan discriminación, ni a quienes se organizan para proteger nuestro planeta. ¿Acaso quiere una Argentina que vuelva a ser gobernada por una élite que le dice a todos dónde deben estar y qué deben hacer?
Como mujer, peronista y militante, no puedo sino repudiar la postura de un presidente que nos invita a volver a un pasado que hemos dejado atrás con lucha y sacrificio. Si Milei quiere ser el vocero de una sociedad de 1810, que se prepare, porque las mujeres y los hombres libres de esta Argentina no vamos a retroceder ni un paso.
¡Viva la patria libre y diversa! Libre de discursos retrógrados y autoritarios como los suyos, Milei.
Por Antonela Gurrieri
Ex directora de Prensa de la Municipalidad de San Pedro de Jujuy.
Ex directora de Radio Nacional de La Quiaca.
