El teatro: “Entre riesgo, vigencia y aplausos”

El teatro es un territorio sin concesiones. Allí no vale la fama, ni la procedencia, ni la ilusión de que la popularidad garantice la calidad.

Cada gesto, cada pausa, cada palabra sobre un escenario es un riesgo medido, y la recompensa, cuando llega, es absoluta. Beli Figueroa y Pablo Mercoli conocen esa exigencia como pocos: saben que cada función es un examen frente al público y que cada proyecto es un acto de fe.

“Traer obras a Salta y Jujuy no es sencillo”, dice Pablo con la seriedad de quien ha calculado cada variable del éxito y del fracaso. “Cada producción exige infraestructura, inversión, paciencia y resistencia. No se trata solo de montar un espectáculo: hay que evaluar la vigencia de los artistas, medir la recepción del público y anticipar los desafíos. Cuando funciona, es intenso; cuando no, se aprende la crudeza del oficio”.

Beli, con su voz firme, completa la idea: “El público nos mantiene vivos. Nos aplaude de pie, nos reconoce en la calle. Eso confirma que lo que hacemos tiene sentido. Pero el teatro no da seguridades: solo exige compromiso y honestidad”.

Hablar de vigencia, de riesgo y de audiencias es inevitable. En Jujuy, las expectativas eran moderadas. Beli recuerda: “No nos conocían tanto. Salimos en medios locales, organizamos una rueda de prensa… y la reacción fue increíble. La sala vibró de energía. Esa respuesta demuestra que cada esfuerzo logístico y creativo vale la pena”.

Pablo analiza con precisión la percepción cultural: “Se tiende a deslumbrarse con lo que viene de Buenos Aires o del extranjero, pero eso no garantiza calidad. La fuerza de una obra reside en su verdad, en cómo se cuenta la historia, no en su origen. He recorrido calles y escenarios, he visto cuarenta obras y rescato solo tres. La elección no es arbitraria: es cuestión de rigor y sensibilidad”.

El rol de Beli como productora es otra dimensión de esta conversación. “Nunca imaginé ocuparme de gestión y planificación. Pero la amistad con Rubén Stela y Carolina Papaleo abrió esa puerta: ‘Intentemos, veamos qué pasa’. Y funcionó. Si el público nos acompaña, podemos seguir expandiendo estos proyectos en Salta y Jujuy, consolidando una propuesta con cada experiencia”.

El riesgo y la recompensa se mezclan en un equilibrio delicado. Pablo lo explica: “Son pruebas piloto. Observamos, medimos y nos arriesgamos. Cada riesgo puede producir un triunfo genuino, porque en el teatro no hay atajos: cada función es un desafío frente a la audiencia”.

El público, la crítica, la vigencia de los artistas y la decisión de arriesgarse forman un entramado inevitable. Beli lo dice con claridad: “Cada obra es una apuesta. No hay lugar para la complacencia. Solo trabajo, riesgo y la posibilidad de tocar al público de manera honesta”. Pablo añade: “Uno aprende a interpretar la respuesta de los espectadores, a leer la vigencia de los artistas y a decidir cuándo arriesgarse. No se trata de lo que funciona: se trata de la verdad de lo que se ofrece”.

Así, el teatro se revela como un territorio implacable. No tolera la mediocridad ni la complacencia. Exige entrega total, cálculo, intuición y un respeto profundo hacia quienes ocupan las butacas. Beli y Pablo caminan ese camino con determinación: saben que a veces se gana, a veces se falla, pero que la verdadera recompensa reside en la conexión genuina con el público, en la certeza de haber dado todo. Cada proyecto, cada función, cada ciudad visitada es un paso más en un andar que no termina: porque el teatro, en su crudeza y su belleza, no perdona, y cuando premia, lo hace con intensidad total. La vigencia de un artista no se mide únicamente por los años de trayectoria ni por los aplausos pasados; se percibe en la capacidad de seguir despertando emoción, de mantener viva la atención del público y de adaptarse sin perder esencia. Beli y Pablo lo saben bien: elegir a quién traer, qué obras representar y cómo presentarlas implica un ejercicio de equilibrio entre riesgo y responsabilidad. La audiencia no es homogénea, y cada público, desde Salta hasta Jujuy, representa un universo distinto de expectativas, sensibilidades y referencias culturales. Medir esa vigencia requiere intuición, observación y, sobre todo, una honestidad con la obra que se ofrece: no se trata de impresionar con nombres, sino de impactar con verdad y fuerza narrativa.

El rol del productor, en este contexto, es estratégico y creativo a la vez. No basta con gestionar logística o financiamiento: producir es anticipar reacciones, proyectar posibles escenarios y cuidar que cada detalle, desde la escenografía hasta la difusión, se alinee con el propósito artístico. Para Beli, asumir esa función fue descubrir un territorio inesperado, donde la amistad y la confianza con otros profesionales abren puertas y permiten innovar. La producción se convierte entonces en un acto de fe y de inteligencia: quien produce mide riesgos, protege la vigencia de los artistas y, al mismo tiempo, construye puentes entre la obra y su público, garantizando que el teatro cumpla con su misión más profunda: conmover y perdurar.

Por Nicolás Casas

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