Noche de lunes intensa, en una sala cargada de murmullos y miradas inquietas, se llevó adelante una reunión que parecía destinada a ser una más entre tantas. Pero fue todo menos eso.

En el Consejo Directivo de la Liga Jujeña de Fútbol, los 19 clubes afiliados, con la presencia de numerosos presidentes y delegados, decidieron dar un paso que pocos imaginaban: suspender la fecha 9° del torneo local.
No fue una decisión tomada a la ligera, ni mucho menos un capricho. Fue un grito ahogado que emergió desde el fondo del alma del fútbol jujeño, un reflejo de la angustia que atraviesa a una pasión que se resiste a morir.
Este fútbol no es el que se ve en las pantallas gigantes de los estadios porteños, ni en los contratos millonarios que deslumbran a los medios. No. Este es el fútbol de barro, el de las camisetas desteñidas, el de los jugadores que llegan en colectivo o caminando bajo el sol o la lluvia, el de los entrenadores que trabajan ad honorem, y el de los vestuarios con paredes descascaradas y sin agua caliente. Es el fútbol de la identidad jujeña, el que late fuerte en cada barrio, en cada potrero, en cada tribuna improvisada donde el fervor se multiplica con la simple emoción de la pelota que rueda.
Pero esa pasión tiene un límite, y ese límite se alcanzó el lunes pasado. La suspensión de la fecha, aprobada con 18 votos a favor y una sola observación, no es otra cosa que la expresión más clara de la crisis económica que asfixia a los clubes.
La promesa incumplida del subsidio estatal que debía cubrir el pago del arbitraje ha dejado a las instituciones en un callejón sin salida. Los clubes, que durante años se han sostenido con sorteos, ventas de empanadas y festivales, ahora deben afrontar gastos que antes absorbía la Liga, como el arbitraje y el alquiler de estadios. Una carga que, sin ayuda, resulta simplemente insostenible.
Más que números y presupuestos, lo que se resquebraja es la confianza. La confianza entre los clubes y la Liga, entre los dirigentes y la comunidad futbolera que los sostiene. Y esa confianza se ve reflejada en la figura central del presidente Marcelo Sánchez, cuyo silencio y evasivas ante los rumores de renuncia encendieron aún más la incertidumbre.
Frente a las preguntas, Sánchez no confirmó ni negó, dejando un vacío que, en este momento de tormenta, es como echar nafta al fuego. Pero la crisis va más allá de lo económico y lo institucional. También se manifiesta en situaciones tan absurdas como el problema del ingreso al estadio “La Tablada” por calle Santibáñez, clausurado por la policía bajo la excusa de cuestiones de seguridad.
¿Cómo puede hablarse de inclusión y respeto si no se garantiza el acceso digno y seguro para los hinchas? ¿Qué pasa con el vecino que se siente excluido de su propia fiesta, con el aficionado que sostiene con su entrada el esfuerzo de toda una temporada? La respuesta es clara: mientras no se resuelvan estos problemas estructurales, el fútbol jujeño seguirá perdiendo terreno. En la votación de mociones sobre el procedimiento para la asunción de nuevos delegados, quedó en evidencia la división interna y las tensiones latentes.
Mientras Altos Hornos Zapla propone romper con el procedimiento histórico, La Viña defiende la tradición.
Más allá de las diferencias, estas posturas reflejan la incertidumbre y la falta de rumbo de una Liga que debe reinventarse para sobrevivir.
El fútbol jujeño está en una encrucijada histórica. Lo que está en juego no es solo la programación de una fecha o la gestión de una temporada, sino la esencia misma de un deporte que es cultura, identidad y pertenencia para miles de familias.
La crisis actual demanda más que gestos individuales o discursos vacíos. Exige un replanteo profundo, colectivo y urgente del modelo de gestión, que contemple planificación, transparencia y compromiso real.
La reunión próxima para definir la fecha postergada será la verdadera prueba de fuego para los dirigentes.
Será el momento en que se conocerá quiénes están dispuestos a ensuciarse los zapatos por el futuro del fútbol jujeño y quiénes prefieren esperar a que escampe desde la vereda de enfrente.
Porque en el fútbol, como en la vida, las crisis no se sortean con silencios ni evasivas, sino con acciones firmes y con la valentía de afrontar las verdades incómodas.
Cuando la pelota deja de rodar, no es solo un partido el que se detiene. Se detiene una historia, una pasión, una identidad que se construye desde abajo, desde el corazón mismo de cada barrio y cada cancha. Y si esta historia se detiene, será un golpe no solo para el deporte, sino para toda la comunidad que encuentra en el fútbol una forma de esperanza, de escape y de unión.
El fútbol jujeño necesita creer que todavía hay espacio para el juego limpio, para la transparencia y para el compromiso auténtico. Porque cuando los clubes se callan, el silencio no es vacío, es un grito ensordecedor que reclama ser escuchado. Y si nadie lo hace, lo que puede quedar detenido no será solo una fecha, sino una historia que merece seguir siendo contada, una pasión que merece seguir latiendo.
Hoy más que nunca, los dirigentes tienen una responsabilidad histórica. No solo con sus clubes, sino con todo un pueblo futbolero que necesita esperanza y certezas. La pelota está en su cancha, y el tiempo para decidir se acaba.
La cruda verdad está ahí, desnuda, esperando que alguien tenga el coraje de enfrentarla y cambiar el rumbo. Porque si no lo hacen, el fútbol jujeño puede perder mucho más que un partido. Puede perder su alma.

Por: Nicolás Casas
