Editorial: La burla de la AFA y la guerra contra el fútbol federal

El fútbol argentino es rehén de un hombre y su club: La vergüenza de la AFA es insostenible. El fútbol argentino, esa pasión desmedida que corre por las venas de Jujuy a Tierra del Fuego, ha sido secuestrado, ultrajado y manipulado.

Desde que Claudio “Chiqui” Tapia se atornilló en el sillón de la AFA, lo que presenciamos no es deporte, sino la obscena exhibición de un poder personalista y arbitrario. La Asociación del Fútbol Argentino se ha convertido en la oficina central de un feudo, un tablero de ajedrez donde el dueño mueve todas las piezas y donde la única regla es la obediencia al monarca. Y el símbolo más nauseabundo de esta decadencia tiene nombre y apellido: Barracas Central.

Barracas Central, el Club de sus afectos, de su presidencia pasada y de su hijo actual, no asciende ni se sostiene por el rigor deportivo, sino por la calculada y descarada intervención del sistema. Lo que hemos visto, lo que ustedes, hinchas de Gimnasia y Esgrima, de Talleres, de Altos Hornos Zapla, de Central Norte, de todos los clubes del interior y del ascenso, han sufrido, no son «errores humanos». Es una estrategia de manipulación continuada. Es un delito deportivo que se repite con la precisión de un reloj suizo al servicio de la impunidad.

El 27 de julio de 2022, el bochorno contra Patronato fue la declaración de guerra a la justicia deportiva. Jorge Baliño anuló dos goles legítimos y cobró un penal fantasma para el Guapo. El resultado final fue la violencia, la expulsión del entrenador Facundo Sava y, lo más grave, ¡jugadores detenidos! La lección fue brutal: el que se rebela contra el poder, el que pide justicia, va preso o paga la factura. La herida se reabrió con el robo a Estudiantes de La Plata, donde Nazareno Arasa y la tecnología del VAR, ese supuesto garante de transparencia, se convirtieron en cómplices de la farsa, anulando un gol válido e ignorando un penal clarísimo.

Señores, la lista de la deshonra es inagotable y vergonzosa. Baliño, Arasa, Dóvalo, Córdoba, Rey Hilfer… estos nombres ya no representan imparcialidad. Son los soldados de una tropa que garantiza, con penales inexistentes y goles anulados al rival, que Barracas Central tenga el camino libre. Cinco penales regalados y cuatro goles legítimos quitados a los contrarios en momentos cruciales entre 2021 y 2025 no son estadística, son evidencia criminal de un sistema amañado.

Y mientras la capital se regodea en sus privilegios, ¿quién paga la factura? El fútbol federal. Los clubes del interior son los mártires de esta gestión. Atlético Rafaela, Mitre de Santiago del Estero, Ferro Carril Oeste y todos los equipos que luchan en las ligas de ascenso ven sus sueños destrozados no por un rival superior, sino por decisiones tomadas en un escritorio de Ezeiza. Tapia habla de «federalismo» mientras condena a los clubes de provincia a recibir migajas, calendarios criminales y a sufrir un criterio arbitral que jamás es el mismo que se aplica al «Guapo».

La maquinaria de Tapia es totalitaria. No solo controla los árbitros y los torneos, sino la distribución de recursos, los calendarios y la designación de jueces. Barracas Central no es un club; es un instrumento político de poder, un escudo de impunidad que se usa para demostrar quién tiene la sartén por el mango. Los periodistas que alzan la voz, como Mariano Closs o Davo Xeneize, son voces en el desierto, porque los grandes medios han optado por el silencio cómplice, temerosos de perder el acceso al poder. La autocensura de dirigentes y cronistas es el motor que garantiza que la inmunidad de Tapia siga creciendo con cada fallo dudoso.

La pasión del hincha está siendo traicionada. La historia de clubes centenarios, el esfuerzo de miles de kilómetros para seguir a un equipo, todo se desvanece ante la lógica de la corrupción. El fútbol argentino es hoy una simulación, una burla donde el mérito se rinde ante el privilegio. El recuerdo de aquel fatídico 7-1 de Alemania a Brasil en 2014 nos sirve de metáfora: cuando el poder político y la impunidad se sientan en el palco, la vergüenza deportiva es inevitable.

Pero la historia no perdona. Los imperios construidos sobre la manipulación y la injusticia tienen fecha de caducidad. Como dijo elocuentemente un técnico avezado, tarde o temprano, a ese señor sentado en su silla de oro le llegará su guillotina, su momento de rendir cuentas ante la verdad. La pelota es del hincha, del esfuerzo y de la camiseta. Y la justicia, aunque lenta, es el único resultado que el fútbol argentino necesita para volver a rodar sin miedo, sin manipulación y con un federalismo real.

La AFA debe ser devuelta a los clubes, y el juego, al país entero.  ¡Que ruede la pelota y que la verdad castigue a los culpables!

Por: Nicolás Casas

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