Donde la palabra se abre paso: Crónica extensa de la primera jornada de “Vida Independiente en Jujuy”

Hay días que no empiezan cuando empieza la mañana. Empiezan antes. Empiezan cuando un cansancio viejo se mezcla con la esperanza nueva, cuando la lucha cotidiana se junta con la posibilidad de que, tal vez, algo cambie.

La actividad fue en el Colegio de Abogados de Jujuy

Así se respiraba el aire en San Salvador de Jujuy la jornada que, por calendario, era apenas un encuentro técnico, pero que por dentro se vivió como una grieta luminosa en una realidad demasiado dura para ser normalizada.

El salón no prometía grandeza arquitectónica. Era más bien simple, con luces difíciles, sillas de plástico dispuestas con la lógica estricta de los eventos que buscan orden donde hay desbordes emocionales. Pero había algo en el ambiente que excedía cualquier formalidad: una electricidad, un murmullo, un movimiento vivo que no provenía de lo institucional, sino de lo humano.

Era la 1° Jornada de Vida Independiente, organizada con la ilusión de empezar a construir un espacio real de escucha, discusión y transformación sobre la discapacidad en Jujuy. Un título administrativo para una experiencia que terminaría siendo mucho más que eso.

Se estaba ahí como conferencista, pero también como testigo. Y, sobre todo, como alguien que entiende que el silencio social que rodea la discapacidad es una forma de violencia tan estructural como cualquier ausencia del Estado. Por eso no se llegó con el ánimo liviano, se llegó para mirar, para absorber, para sentir el pulso del lugar antes de atreverse a hablar, señaló uno de los disertantes de esta jornada el Periodista Nicolás Agustín Casas.

Luego agregó, “antes de que iniciaran los discursos, la verdadera antesala estaba en los rostros. Una madre acomodando la mochila repleta de papeles que la burocracia le obliga a cargar. Un padre sosteniendo la cabeza de su hijo para que no se incline. Un adolescente mirando el techo como si fuera la única parte del mundo que no lo agobia. Terapeutas intentando tranquilizar, sin perder profesionalismo, la ansiedad de quienes esperan una respuesta desde hace años”.

“El silencio no era vacío. Era un silencio cargado” agregó.

Se veía que había familias que habían llegado desde barrios lejanos, otras desde pueblos donde el transporte no siempre pasa, pero la necesidad sí. Algunas venían con esperanza. Otras, solo con el agotamiento de quien lo ha intentado todo.

Luego destacó Casas, “y ahí, en ese instante previo, pensé que aquella jornada no iba a tratar sobre leyes, ni programas, ni sistemas. Iba a tratar sobre vidas, sobre lo cotidiano. Sobre la crudeza de sostener un hogar donde la discapacidad no es una palabra conceptual, sino un centro gravitacional. La apertura no la hizo ningún funcionario. La hizo Jessica”.

Sobre esto comentó, “su presencia llenó la sala sin imponerse. Tenía el gesto calmo de quien hace mucho dejó de tener tiempo para maquillarse la angustia. Sostuvo a su hijo con una ternura que no buscaba ser observada; era apenas la continuidad de un movimiento aprendido a fuerza de necesidad. No vino a contar un heroísmo. Vino a contar una vida”.

Relató la historia del parto difícil, del diagnóstico confuso, de las idas y vueltas por consultorios donde la nomenclatura médica suena más fuerte que la humanidad. Contó cómo las instituciones le dieron papeles antes que respuestas, cómo algunas voces la trataron como si no pudiera comprender el destino de su propio hijo, cómo la maternidad en el contexto de la discapacidad se vuelve un acto ininterrumpido de supervivencia emocional.

Pero Jessica no habló desde la víctima. Habló desde la claridad de quien exige derechos sin pedir permiso. Dijo que no buscaba milagros ni compasión: buscaba acompañamiento real.

Lo dijo sin gritar. Y, sin embargo, su voz fue la más fuerte del comienzo.

Luego las miradas del público empezaron a cambiar. La jornada se acomodaba sola en un tono que ningún protocolo podría haber programado. La llegada de la ministra no rompió la atmósfera. Se sumó a ella.

Entró con la sonrisa tensa de quien sabe que la política, cuando toca temas sensibles, siempre pisa terreno frágil. Escuchó, observó, tomó nota mental antes de hablar. Cuando tomó la palabra, lo hizo desde un lugar intermedio entre la defensa institucional y la conciencia de las deudas que la provincia carga desde hace décadas.

Habló de recuperar programas, de reorganizar áreas, de integrar miradas interdisciplinarias, de volver a poner al Estado en un lugar de presencia activa. No prometió revoluciones inmediatas. Pero sí reconoció la ausencia histórica. Y eso, para muchas familias, ya era una diferencia.

Varias madres movieron la cabeza en señal de “sí, pero…”. Ese “pero” que resume un país entero. Un país donde lo dicho es apenas una sombra de lo que falta hacer.

Gabriela Aguilar: El testimonio que hizo temblar a la sala

Nadie lo esperaba. Nadie estaba preparado. Gabriela se adelantó con esa mezcla extraña de fortaleza y fragilidad que solo tienen las madres que viven en estado de alerta permanente. Su voz no era firme: era temblorosa. Pero ese temblor tenía más contundencia que cualquier discurso técnico.

Contó el diagnóstico devastador que recibió cuando su hijo tenía apenas tres meses. La incertidumbre. Las noches enteras sin dormir. El miedo paralizante y la soledad brutal, sobre todo, el aprendizaje de amar sin manual y cuidar sin descanso en un sistema que muchas veces la dejó sola.

La sala quedó sumida en un silencio tan profundo que dolía. Varias personas lloraron sin esconderse. Otras se quedaron inmóviles, como si lo relatado fuera una radiografía de sus propias vidas. Gabriela no pidió nada al final. No exigió. No reclamó. Solo dijo que no quería que ninguna madre volviera a pasar por años de oscuridad sin al menos una mano que acompañe.

Y en ese instante, la jornada dio un giro definitivo. Se volvió humana de un modo irreversible.

Después vinieron las intervenciones profesionalizadas: psicólogas, fonoaudiólogas, psicomotricistas, trabajadoras sociales. Cada una explicó desde su formación y desde su experiencia el modo en que la vida independiente no puede existir sin una articulación real entre el Estado, las familias y los espacios terapéuticos. Pero incluso en ese tramo más técnico, lo humano seguía filtrándose.

Se habló de diagnósticos que llegan tarde, de informes que se contradicen, de terapias sin continuidad, de familias que deambulan, de recursos que se bloquean por trámites que nadie entiende, de la brecha gigante entre lo ideal y lo posible.

No había un solo profesional indiferente. Había vocación, pero también hartazgo. Había compromiso, pero también frustración. Había conocimiento, pero también impotencia. Porque en Jujuy —y en toda la Argentina— los equipos interdisciplinarios construyen milagros con herramientas rotas.

Nicolás Casas: El toque distintivo para el cierre final

El aire estaba denso, el corazón estaba abierto y el cuerpo estaba cansado de Nicolás. Pero también estaba latente la sensación de que la palabra no era un adorno, era una responsabilidad.

No se trataba de hacer un discurso académico, no pretendía repetir conceptos y no podía impostar neutralidad. Pero habló con la voz que le nació, no con la que se supone que debería usar un conferencista.

Habló de lo que vio, de lo que escuchó, de lo que dolió de los diagnósticos que lastiman más por la forma en que se entregan que por el contenido, también del lenguaje que deshumaniza, de la fijación institucional por nombrar antes de acompañar y de la violencia de la indiferencia, del abandono silencioso, de la soledad obligada.

Dijo que vivir con discapacidad o criar a un hijo con discapacidad no debería ser una guerra diaria contra oficinas, sellos, especialistas y papeleos y que lo que llaman “acompañamiento” muchas veces es una palabra suelta sin cuerpo, que Jujuy no necesitaba discursos, necesitaba políticas concretas.

Y algo más, que le nació desde el pecho: “Que la vida independiente no empieza cuando el Estado lo autoriza, sino cuando la sociedad deja de mirar a la discapacidad como una tragedia”.

Cuando finalizó, varias personas estaban llorando, algunas se acercaron a abrazarlo, otras agradecieron como si hubiera dicho lo que ellos no podían. Pero en realidad lo que dijo había nacido de ellas. Cuando las luces empezaron a apagarse, nadie quería irse. Había familias conversando como si se hubieran encontrado después de años. Había profesionales tomando notas. Había funcionarios prometiendo reuniones futuras. Había madres compartiendo teléfonos como si compartieran un salvavidas. Y había una sensación rara, poderosa, que no siempre se logra: la sensación de que ese día sí había valido la pena.

No porque todo fuera a cambiar mañana, sino porque lo dicho ya no podía desdecirse, porque el dolor ya no estaba solo, porque la palabra había circulado sin anestesia y porque lo humano había ganado por sobre lo burocrático.

Luego Nicolás Casas destacó, “cuando salí al aire fresco de la tarde, pensé en Jessica, en Gabriela, en las madres que cargan mochilas llenas de papeles y corazones llenos de fuerza, en los niños que exigen sin decir, en los profesionales que sostienen donde falta el Estado, en los funcionarios que entendieron —al menos por un día— que la discapacidad no es un expediente, sino una vida”.

Expresando además, “pensé en todo eso y entendí que la jornada no había terminado dentro de la sala, seguía vibrando afuera, en la calle, en las familias, en la comunidad, en quienes estuvimos ahí, y en quienes aún esperan. Así fue la primera jornada, cruda, real, dolorosa. Luminosamente humana.

Mencionando finalmente, “y así debía contarse, como un día donde la palabra —por fin— abrió una puerta que hacía demasiado tiempo permanecía cerrada.

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