Un grupo de cuatro guardianes mantiene viva la historia de la Bandera que honra la gesta del norte argentino.

María Elena Salinas, custodia permanente del Salón de La Bandera de Casa de Gobierno, alzó su voz para celebrar, con serena emoción y hondo orgullo, la inminente conmemoración de un siglo de resguardo ininterrumpido de la Bandera Nacional de la Libertad Civil, reliquia única y sagrada para la memoria colectiva del pueblo argentino.
“Este recinto, conocido como el Salón Dorado o Salón de la Bandera Nacional de la Libertad Civil, no es simplemente un salón: es un templo cívico, un santuario de nuestra historia, erigido para custodiar esta enseña gloriosa que ya lleva 212 años siendo testigo de luchas, conquistas y sueños de libertad”, evocó Salinas, mientras posaba la mirada sobre los muros que guardan silencios, promesas y juramentos.
La Bandera Nacional de la Libertad Civil es, en efecto, testigo privilegiado de la gesta emancipadora del norte argentino.
El recinto que la cobija, de inconfundible estilo barroco francés, fue concebido con un esmero casi reverencial que evocó las corrientes artísticas de la vieja Europa. “El 19 de abril de 2027 este salón cumplirá cien años.
A pesar de agresiones, atentados, disturbios y épocas difíciles, jamás cedimos en la tarea de proteger este símbolo que pertenece a todos los jujeños y a la patria entera”, reafirmó Salinas, con la dignidad de quien sabe que custodia no sólo un objeto material, sino un legado inquebrantable.
Con un dejo de nostalgia mezclado con el orgullo de la misión cumplida.

Salinas relató la silenciosa y minuciosa labor de preservar la arquitectura y el espíritu original de este lugar. “Todo se cuidó con detalle y amor. La infraestructura, cada moldura, la cúpula… incluso el techo, que estuvo cubierto de hollín en aquellos días convulsos, fue restaurado respetando la esencia barroca que lo vio nacer. Cada lámpara, cada mármol, cada rincón respira historia y responsabilidad”, detalló.
En su testimonio afloraron recuerdos de los años más ásperos, cuando la Plaza Belgrano y la Casa de Gobierno se volvieron escenarios de tensión y resistencia. Fueron los convulsionados años noventa y dos mil, cuando Jujuy ardía y la fe de quienes velaban por la Bandera se ponía a prueba. “Este lugar resistió cuando Jujuy estaba en llamas. Entre disturbios y protestas, la Bandera permaneció erguida, intacta, como testigo implacable de la pasión, la esperanza y la dignidad de nuestro pueblo”, rememoró con emoción contenida.
En sus palabras se adivina un anhelo profundo; que las generaciones que vendrán comprendan la magnitud de lo que resguardan entre sus manos. “Soñamos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos valoren esta joya de la historia, que la cuiden con la misma devoción con la que nosotros la defendimos durante décadas”.
“Somos apenas cuatro personas, compañeros de custodia y de vocación, que desde hace más de quince años dedicamos la vida a difundir el valor de esta Bandera. Queremos que cada jujeño despierte a la conciencia de que aquí late, viva y palpitante, una parte irrenunciable de nuestro ser colectivo”, concluyó María Elena Salinas, con la certeza de quien sabe que la historia no muere mientras alguien la sostenga de pie.
Así, bajo la penumbra dorada de un salón barroco que encierra secretos centenarios, la Bandera Nacional de la Libertad Civil se dispone a cruzar el umbral de su primer siglo en esta morada. Y en cada pliegue flamea la esperanza viva de que el fuego de la memoria jamás se apague.

Por: Nicolás Casas
