Cuidado con los ladrones: El fútbol argentino está en terapia intensiva

Hay momentos en los que el periodismo no puede darse el lujo del silencio.

Momentos en los que el fútbol argentino —esa criatura popular, emocional y profundamente nuestra— se mira al espejo y ya no ve pasión ni grandeza, sino una postal grotesca, una tragicomedia digna de Discépolo.

En ese reflejo aparece un solo rostro: Claudio “Chiqui” Tapia. Y no aparece como dirigente, ni como presidente, ni siquiera como símbolo.

Aparece como lo que es: la prueba más dolorosa de que nuestro fútbol quedó secuestrado por la mediocridad, el amiguismo y la improvisación.

Un burro disfrazado de rey, sentado en un trono que él mismo convirtió en feudo personal. La AFA, que debería ser una casa de transparencia, se transformó en un pantano institucional.

No es federación: es feudo. No es organismo: es territorio de caprichos. No es conducción: es tiranía burocrática.

Desde torneos escritos con crayón hasta fallos moldeados según el humor del día, Viamonte expulsó a la lógica y desterró a la ética.  Lo que debería ser fútbol se volvió trámite administrativo; lo que debería ser deporte se convirtió en obediencia política.

Y nada ocurre a escondidas.

Todo es visible, estridente, obsceno.

Pero ahí sigue: sostenido por la vieja doctrina nacional de la convivencia.

El que incomoda, cae; el que pregunta, molesta; el que cuestiona, desaparece.

Mientras tanto sobreviven los que aplauden sin pensar, los que acompañan sin preguntar, los que celebran lo que en cualquier país serio sería motivo de renuncia inmediata.

Dentro de ese ecosistema florecen dos especies privilegiadas: Barracas Central y

Deportivo Riestra, los hijos predilectos del Monarca.

Equipos blindados, cuidados, mimados.

Equipos donde las reglas no son reglas: son sugerencias.

Equipos donde el arbitraje no dirige: obedece.

Y lo ocurrido en estas semanas no fue casualidad: fue un resumen perfecto del sistema Tapia.

«1» Gimnasia de Jujuy

El Lobo venció a Madryn y avanzaba firme.

Hasta que apareció una denuncia por supuestas amenazas, escrita en tinta dudosa y tratada con una velocidad que no se usa ni para incendios.

Ayer fue desestimada, pero su objetivo ya se había cumplido: distorsionar, presionar, condicionar. Gimnasia quedó eliminado. Madryn avanzó.

No ganó un partido: ganó un escritorio.

«2» Deportivo Morón

Antes de una definición clave, sancionaron a Walter Otta por una declaración basada en una fake news.

Después llegó la escena de guerra: gas pimienta, jugadores cegados, cuerpo técnico evacuado, dirigentes arrastrados. ¿Descontrol? ¿Casualidad? No. Sistema. Esto es sistema.

«3» Huracán. El robo del año

Dos penales inventados, ocho amarillas, un árbitro —Andrés Gariano— que no dirigió un partido: ejecutó un mandato.

Todo en el estadio que lleva el nombre de Tapia. Una escena digna de archivo judicial, no deportivo. El fútbol real sangra, y Tapia sonríe.

Los clubes se empobrecen, las inferiores se abandonan, los estadios se caen a pedazos.  Jugadores, técnicos y proyectos deportivos enteros quedan a merced de decisiones arbitrales que definen destinos.

Esto no es casualidad, no es torpeza: es un sistema. Un sistema que la AFA sostiene con soberbia y ceguera.

La AFA ya no planifica: improvisa.

No conduce: atropella.

No protege: abandona.

No construye: derrumba.

Viamonte dejó de ser una casa madre para convertirse en una fábrica de desastres. Y en medio de esta tormenta —ya permanente— periodistas consagrados como Mariano Closs y muchos de nosotros coincidimos en algo esencial: callarse es complicidad.

Y en este contexto, el silencio es traición al hincha, a la historia y al fútbol argentino. Tapia cree que estas críticas son una guerra personal.  No lo son. Son defensa del deporte.

Hoy tenemos un fútbol sin inversión, sin estructura, sin planificación, sin reglas claras y sin justicia deportiva.

Clubes que luchan más contra escritorios que contra rivales. Árbitros usados como herramientas disciplinarias.

Torneos que nadie entiende. Y un modelo dirigencial que haría sonrojar a un club de liga amateur.

Por eso no alcanzan los parches ni los discursos vacíos.

Se necesita algo profundo, urgente, estructural: una revolución ética, dirigencial y moral o una exorcización.

Una limpieza completa de Viamonte.

Una refundación que devuelva dignidad a un deporte que nos representa en todo el mundo.

Tapia cree que es eterno, que su reino es indestructible.

Pero la historia es clara: los reinados de cartón caen con el primer viento fuerte.

Mientras el burro iluminado pasea por congresos y alfombras rojas, el fútbol auténtico agoniza.

Y entonces llegan las preguntas que ya no pueden esquivarse:

—¿Cuántos fallos arbitrales más necesita el fútbol argentino para admitir que el sistema está agotado?

—¿Por qué los clubes que levantan la voz siempre terminan perjudicados?

—¿Puede existir proyecto deportivo serio cuando la conducción se aferra a su sillón como a un trono medieval?

—¿Qué explicación puede dar la AFA sin caer en contradicciones o silencios sospechosos?

—¿Hasta cuándo los dirigentes tendrán que callarse para no sufrir represalias?

—¿Qué tan lejos puede llegar un modelo sostenido por obediencias y no por méritos?

—¿Quién protege a los hinchas si el poder solo protege su propia permanencia?

—¿No es hora de que alguien —o todos— se atrevan a decir basta y cambien la historia del fútbol argentino?

La AFA lleva años encerrada en su propio palacio de espejos, defendida por un círculo que teme la luz.

Pero toda estructura impermeable, tarde o temprano, enfrenta su final.

Los pueblos —y los hinchas— solo toleran la decadencia hasta cierto punto.

Después llega la marea, el cansancio social, el hartazgo. Y las calles futboleras piden una sola cosa: revolución.

Y si la historia sirve de espejo, sabemos cómo terminan los reinos que se creen eternos.

Porque, Tapia, aunque no quieras verlo, toda conducción que se aferra demasiado al poder, termina enfrentando la metáfora más brutal de la Revolución Francesa: ese instante simbólico en el que la guillotina del pueblo —la del debate público, la de la justicia deportiva— cae sobre el viejo orden y lo deja sin corona.

Y muchos, créeme, ya están pidiendo que esa revolución llegue pronto.

Dios así lo permita.

Por Nicolás Agustín Casas

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