Crónica del péndulo hispanoamericano: “El fin de los encantamientos”

América Hispana —esa región siempre al filo del abismo, siempre a punto de renacer o de volverse a caer— asiste una vez más al sutil, aunque inexorable, giro del péndulo.

Como un cuerpo cansado que busca reposo en el brazo contrario, nuestra geografía ideológica comienza a moverse hacia la derecha. Y no es que haya en ese movimiento una promesa de redención ni de gloria inmediata. Lo que hay es, simplemente, hartazgo.

Bolivia —hermana de silencios altiplánicos y revueltas de altura— ha hablado. Y su voz, aunque aún contenida, suena a campana que marca el fin de un hechizo. Porque lo que está cayendo no es solo un partido, una sigla o un candidato: está cayendo el relato.

Durante más de dos décadas, los populismos de izquierda tejieron un encantamiento sobre buena parte de nuestros pueblos. Prometieron justicia social y reivindicación histórica, colocaron al Estado como demiurgo del destino colectivo, invocaron el mandato del pueblo como sacramento intocable. Pero, tras la espuma del discurso, quedó la resaca de la realidad: economías maltrechas, monedas de papel mojado, servicios públicos desmantelados y una ciudadanía fatigada de promesas impagas.

El caso boliviano es paradigmático. Bajo la retórica de la inclusión, se perpetuó un modelo extractivista y dependiente, que ni diversificó la matriz productiva, ni mejoró sustancialmente la infraestructura social. Hoy, Bolivia sufre los síntomas clásicos de los experimentos populistas que se quedaron sin magia: crisis energética, inflación galopante, escasez, desconfianza institucional. Y en ese contexto, el electorado ha comenzado a mirar hacia otros horizontes. Lo que ayer era herejía —pensar en alternativas de derecha— hoy se presenta como la única vía de escape.

No sorprende que la figura de Javier Milei, desde Argentina, haya encendido no solo los ánimos de sus propios votantes, sino también las imaginaciones políticas del resto de Hispanoamérica. Con su estilo irreverente, su defensa del individuo frente al Estado y su cruzada contra el «estatismo parasitario», ha puesto sobre la mesa un lenguaje nuevo, o al menos renovado, que conecta con una porción creciente de ciudadanos desilusionados. Lo que algunos tildan de «fenómeno» es, en realidad, el síntoma de una enfermedad más profunda: el agotamiento de un ciclo ideológico.

La ola de cambios no se detendrá en los Andes. Así como la Argentina tomó la posta y Bolivia empieza a seguirla, cabe imaginar que otras naciones comiencen también a sacudirse el polvo del desencanto.

Colombia, Chile, Paraguay, incluso la siempre sobria y estable Uruguay, muestran señales de interrogación. No será un proceso lineal, ni exento de tensiones. La izquierda, como era de esperar, reaccionará. Defenderá sus espacios, sus símbolos, sus trincheras. Pero ya no tendrá el monopolio de la épica, ni de la sensibilidad social. Porque la gente ha comenzado a mirar más allá del relato: exige gestión, resultados, calidad institucional y, sobre todo, libertad.

Dr. Kevin Ballesty Profesor universitario

Europa: el viejo continente en busca de sí mismo

Pero no es solamente en América Hispana donde se respira el aroma de un cambio profundo. También Europa, la siempre vieja y siempre nueva, atraviesa una encrucijada espiritual y política. Allí, donde la modernidad nació con ímpetu ilustrado, hoy la cultura se debate entre la culpa de su pasado y la pérdida de su identidad.

En muchas naciones del continente, el progresismo —mutado ya en ideología “woke” y multiculturalismo acrítico— ha logrado colonizar no solo el lenguaje político, sino incluso las estructuras jurídicas, educativas y culturales. Se ha intentado borrar lo propio en nombre de lo ajeno; sustituir el legado por la culpa, la historia por la sospecha, la tradición por el resentimiento. Y en ese proceso, Europa ha comenzado a desdibujarse ante sí misma.

Los problemas migratorios, los choques culturales, la inseguridad creciente en algunas capitales otrora ejemplo de civilización, han puesto sobre la mesa una pregunta que ya no puede ser evitada: ¿quién es Europa hoy? ¿Y hacia dónde va?

El Euro, como moneda, sigue siendo símbolo de una unidad que se sostiene en los mercados, pero que no siempre se traduce en cohesión espiritual. Alemania, Francia, Italia, España… cada una con sus tensiones internas, con sus debates no saldados, con sus populismos de izquierda y derecha en constante danza de máscaras.

La emergencia de liderazgos conservadores o identitarios en algunos países —como en Hungría, Polonia, o incluso la reciente reacción en los Países Bajos— es la señal de que algo se está moviendo también allí: un intento desesperado por reencontrarse con lo esencial, por reconstruir una narrativa europea más allá del burocratismo de Bruselas y del sentimentalismo globalista.

Y si en Hispanoamérica Milei aparece como figura disruptiva, en Europa son múltiples los nombres que encarnan ese reclamo por la autenticidad, por el arraigo, por la verdad incómoda. Aunque no todos converjan en el mismo ideario, comparten un rasgo: se atreven a decir lo que otros callan. Y eso, en tiempos de corrección política enfermiza, es en sí mismo un acto revolucionario.

Europa, pues, no está condenada. Pero sí está llamada a una revisión profunda de su alma. Porque si olvida quién fue, no podrá decidir quién quiere ser.

La educación como síntoma del tiempo

Y no es solo en el terreno político donde se libra esta batalla por el sentido. También la educación se ha convertido en uno de los campos de disputa más reveladores. Durante décadas, se repitió como dogma que la educación pública era el estandarte de la igualdad. Pero la realidad —esa vieja aguafiestas— mostró otra cosa: aulas sin clases, baños sin agua, docentes precarizados y contenidos ideologizados. Así, el sistema fue vaciándose de calidad, mientras el relato seguía repitiéndose como una misa sin fe.

Hoy, cada vez más jóvenes eligen la educación privada. No por esnobismo, sino por convicción. Porque saben que allí encontrarán continuidad, exigencia, respeto. Porque en muchos casos —como en la Universidad Católica de Santiago del Estero, sede Jujuy, donde ejerzo mi cátedra— se cultiva la excelencia, se respeta al alumno, se dignifica al docente y se honra el saber. Es, si se quiere, una forma silenciosa de rebeldía: estudiar bien, a pesar del Estado.

Esta transformación cultural es tan profunda como la política. Porque lo que está ocurriendo no es solo un recambio de autoridades, sino un reajuste de valores, un renacer de ciertas virtudes olvidadas: el mérito, el esfuerzo, la responsabilidad individual, la búsqueda de la verdad. Tal vez —y lo digo sin ingenuidad— estamos asistiendo al lento y doloroso final de los encantamientos ideológicos que nos adormecieron durante años. Y tal vez, también, esté comenzando una nueva etapa en nuestra historia común.

Una etapa donde el péndulo no solo oscile por inercia, sino que encuentre, algún día, su punto de equilibrio.

Por: Dr. Kevin Ballesty

Profesor universitario. Titular de la Cátedra de Derecho Ambiental en la Universidad Católica de Santiago del Estero, sede San Salvador de Jujuy. Abogado por profesión y vocación.

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