El Fortín del barrio Belgrano amaneció como quien se alista para una ceremonia antigua: banderas desplegadas, voces que se reconocen en la distancia y un césped que parece guardarse un secreto.

Hubo en la mañana una especie de puntualidad peligrosa, esa que anuncian los pueblos cuando saben que algo grande va a suceder y, sin embargo, no quieren adelantar la euforia. La tarde que vino después desmintió la mesura con la sencillez de lo inevitable.
La Liga del Ramal ganó 5 a 1 a la Liga Tucumana y cerró la serie con un global que no admite discusión, 8 a 1. Fue victoria numérica, sí; pero sobre todo fue escritura colectiva: cada pase, cada quiebre de cintura, cada bloqueo fue una frase que compuso un texto claro, sin tachas.

Desde el primer minuto se percibió que allí no se venía a negociar. La presión de los locales era más que táctica; era determinación convertida en acto. Recuperación en el medio, toque rápido, verticalidad.
A los doce minutos Lucas Lucero abrió la puerta con la calma de quien conoce los mapas; recuperó, se filtró entre los centrales y definió con un derechazo que pegó en la red como quien pone un sello en una carta que ya no admite sobresaltos. No fue un gol ostentoso; fue el sello que marcó la jornada. La tribuna, que hasta entonces respiraba expectante, rompió en un murmullo que se transformó en canto.

El segundo tanto, a los veintidós, vino desde la banda izquierda; una sucesión de toques que parecieron coser un surco en la defensa visitante y que, en el último gesto, dejaron a Eduardo Flores frente al arco. Su remate cruzado tuvo la precisión de una pieza mecánica afinada; la pelota encontró su casa y el Fortín exhaló un aplauso largo, de esos que no buscan fama sino verdad. En esa secuencia podía leerse la arquitectura de la tarde; orden en la base, generosidad en los extremos, resolución en los atacantes.
Antes del descanso, a los treinta y nueve, la jugada fija desde la derecha sembró confusión en el área visitante y Luis Jurado, atento al detalle que otros desestimaron, empujó el balón al fondo. Fue gol de oportunismo, de los que no tienen glamour pero sí autoridad. Cerró el primer tiempo un 3 a 0 que exigía pocas palabras. La historia parecía escrita y el público, que mira con ojos de lector paciente, asentía con la seguridad de quien reconoce un final posible.
En el complemento no hubo tregua a la frialdad. A los cincuenta y tres, luego de una recuperación en campo rival, Franco Elías tomó la escena con esa decisión que no se finge; ganó la zona, encaró y definió cruzado con elegancia, como quien firma una página con letra firme. El cuarto gol no fue exageración; fue consecuencia. A los sesenta y siete repitió Elías, ahora en el aire, y su cabezazo pareció detener el tiempo por un latido: centro preciso, salto medido, impacto efectivo. La pelota besó la red y la ovación se volvió decreto. La goleada ya trascendía la marca para convertirse en fiesta popular.
La Liga Tucumana, pese al dominio ajeno, no se entregó a la desidia. A los setenta y cuatro Elian Cuellar encontró, en solitario, la manera de devolver dignidad al marcador: recogió un balón en la medialuna y lanzó un disparo que se clavó en el ángulo superior. Fue el 5 a 1 que, más que modificar la suerte del encuentro, certificó la nobleza del fútbol; aún en la derrota, hay actos de belleza que la crónica debe recoger con respeto.

De la cancha salieron imágenes que podrían formar parte de cualquier libro de viajes. El puntero que aparece cuando menos se lo espera, el centrocampista que organiza como quien compone una sinfonía, el delantero que define con la certeza del artesano. Hubo, sin embargo, algo que marcó la jornada con carácter propio y fue la sensación de que aquel equipo no juega para impresionar a la historia, sino para resolver su minuto a minuto con honestidad. Juego claro, pases sin vanidad, ritmo que no busca aplausos sino eficacia.
La multitud acompañó. No era un público pendenciero sino una tribuna que entiende que el fútbol del interior, y el de las ligas regionales, son tejidos sociales más que temporadas aisladas. Las mujeres que cosen banderas, los chicos que repasan en la vereda las gambetas de la mañana, los mayores que miran con memoria de otros tiempos; todos tomaron parte en una ceremonia que mezcla fiesta y trabajo. La grada fue coro y testigo, y cuando el silbato final sonó lo hizo como cierre y aplauso, como contrafuerte a una historia que, en verdad, sólo empieza.
El crédito del triunfo no es de una sola individualidad. Sí, hubo lucidez en nombres propios —Lucero, Flores, Jurado, Elías—, pero la sensación que queda es la de una maquinaria. Las piezas engranadas, el engranaje que no necesita brillos para funcionar. Defensa que no regala espacios, mediocampo que ordena y libera, ataque que define con temple. Jairo Morales Santos dirigiendo, no como un general que ordena batallas, sino como un artesano que pule detalles; cambios medidos, variantes en la ofensiva, manos que saben cuándo apretar y cuándo contener.

La crónica de la jornada podría escribirse en fragmentos: la jugada del primero, la insistencia del tercero, el cabezazo del quinto. Pero la verdad completa sale cuando uno se queda con el rumor de la gente en la calle al terminar el partido. El comercio que baja sus persianas un minuto para cantar, los vecinos que saludan al portón del Club como si fuera el portal de la casa propia, los pibes que en la noche repiten en la vereda el salto que vieron en la tribuna. Son gestos que convierten un resultado en patrimonio.
En el aprendizaje del interior, los partidos son escuela de vida: se aprende a esperar la jugada, a reparar la caída, a repartir la alegría. Allí no se negocia la identidad: el club es punto de encuentro y de resistencia. El Fin de la tarde dejó una estampa definitiva: las luces del Fortín imaginando otros partidos, los asadores recogiendo brasas, la pelota guardada como trofeo humilde. Mañana habrá entrenamiento, habrá otra estrategia, pero el eco de aquella tarde permanecerá en las conversaciones de los que estuvieron y en las crónicas de los que lo sintieron por la radio.
Y, al final, como en las grandes novelas que saben mezclar destino y circunstancia, hay una certeza sencilla: hubo justicia en la cancha. No la justicia de los tribunales, ni la de los discursos, sino la que otorga el juego cuando las cosas se hacen bien; orden en la idea, humildad en la ejecución, generosidad en el rebote. La Liga del Ramal avanzó y lo hizo con la sobriedad de un viajero que toma nota en su cuaderno y sigue el itinerario sabiendo que aún restan tramos por recorrer.
Para cerrar con un pulso más íntimo, dejo un poema breve que bebe de la ternura y la cercanía que el pueblo brinda al juego —no es un verso robado, sino un cuando-yo pienso que invita a quedarse:
En la vereda queda el eco de un tiro,
en la olla, el gusto a domingo compartido;
la pelota duerme con barro en los dedos,
y en la casa se cuenta el gol como leyenda.
Algo queda de nosotros en esa red;
un nombre que se canta, una infancia que repite.

Por Nicolás Agustín Casas
Imágenes de San Pedro Deportivo
