La noche del viernes tenía aroma a revancha y a redención. En el “Emilio Fabrizzi” se respiraba ansiedad, mezcla de fe y necesidad. El hincha de Altos Hornos Zapla lo sabía desde temprano: no era un partido más. Era el partido que podía marcar el despegue, el punto de quiebre entre la frustración y la esperanza. Y así fue.

Con un 3 a 1 contundente, trabajado y sufrido, el “Merengue” derrotó a Monterrico Sur en un duelo que dejó el alma en la cancha y una imagen que invita a creer otra vez, no solo por el resultado, sino por el espíritu combativo que el plantel volvió a mostrar con orgullo.
Desde el pitazo inicial, los de Facundo Zamarian salieron con el pie en el acelerador. El equipo se plantó con autoridad, con una línea media firme, laterales lanzados y una presión que asfixiaba al rival. Cada pelota dividida era una guerra, y cada recuperación se gritaba con los dientes apretados. El público, consciente de lo que estaba en juego, acompañó con un fervor pocas veces visto en las últimas fechas. Los bombos marcaban el pulso de la esperanza, las banderas flameaban como un juramento de lealtad y las gargantas alentaban hasta dejar el alma.
El primer aviso serio llegó por izquierda, con un desborde explosivo de Fabricio Ávila, que desde los primeros minutos mostró que estaba encendido. Su entendimiento con Ulises Virreyra fue la llave maestra del ataque. Iban quince minutos cuando esa sociedad hizo temblar la noche: Ávila encaró, dejó a su marcador atrás y metió un centro milimétrico al corazón del área. Virreyra, siempre olfateando el gol, se anticipó a todos y metió un frentazo demoledor. Golazo. Uno a cero. Estallido. El grito fue tan ensordecedor que pareció hacer vibrar los viejos hierros del “Fabrizzi”.
Ese gol no solo abrió el marcador; abrió las venas del equipo. Pero irónicamente el fútbol, tan caprichoso como hermoso, suele tener sus propios giros. A los 27 minutos, cuando el Merengue dominaba y coqueteaba con el segundo, una falta ingenua cerca del área le dio una chance peligrosa a la visita.
El encargado fue Gabriel Méndez, un viejo conocido de la casa, que supo vestir la camiseta Merengue. Se paró frente a la pelota, miró al arco con la serenidad de quien sabe lo que hace, y sacó un derechazo venenoso. La pelota viajó con efecto, superó la barrera y se clavó en el ángulo derecho de Facundo Abraham, que voló cuanto pudo, pero no llegó. Golazo y empate 1 a 1.
El golpe fue duro. Zapla se desordenó, perdió precisión y, por momentos, el control del balón. Monterrico Sur aprovechó para adelantar líneas, aunque sin generar demasiado peligro. Los minutos finales del primer tiempo fueron de contención, de sostener la pelota, de no perder la calma. Cuando el árbitro marcó el final del primer tiempo, el empate tenía gusto a poco.

El complemento arrancó con otra actitud. Los jugadores salieron decididos a recuperar el dominio. Fue un arranque furioso, con Virreyra y Ávila encendidos, con Juárez presionando alto y con la defensa jugando adelantada.
A los 10 minutos, el esfuerzo tuvo premio. Un tiro libre ejecutado con precisión milimétrica cayó al área chica, y entre rebotes y piernas cruzadas, apareció el capitán, Diego López, para empujarla de zurda al fondo de la red. Dos a uno y abrazo colectivo, delirio y locura total irrefrenable. Monterrico intentó reaccionar, pero el empuje se le fue diluyendo entre los nervios y la presión del ambiente en contra perfecta, rápida y quirúrgica. Benavídez recuperó en el medio, descargó para Ávila, que con una elegancia tremenda dejó desparramado a su marcador, levantó la cabeza y asistió a Virreyra. Ulises no dudó, controló y definió cruzado, suave, al palo izquierdo. Tres a uno. Golazo. Fin de la historia.

El final fue pura emoción. Abrazos en la cancha, lágrimas en las tribunas y una sensación colectiva de alivio y orgullo. Zapla no solo ganó un partido; recuperó su identidad. El equipo volvió a mostrar carácter, compromiso y, sobre todo, hambre de gloria. En una noche donde la garra le ganó al miedo y el corazón le ganó al silencio, el Merengue volvió a brillar con la fuerza de su historia.
Porque si algo quedó claro en el “Emilio Fabrizzi” es que Altos Hornos Zapla nunca se rinde. Puede tropezar, puede sufrir, pero siempre —siempre— vuelve a levantarse.
Voces post partido

Con el alivio del resultado y la emoción todavía vibrando en el aire, el técnico Facundo Zamarian habló con serenidad: “Fue un primer tiempo intenso, de ida y vuelta. Tuvimos equilibrio y actitud, pero sabíamos que Monterrico es un rival durísimo. La zona es pareja, las diferencias son mínimas. Hoy hicimos la diferencia porque mantuvimos la calma después del empate y encontramos espacios. Falta mucho, pero este es el camino”.
Sobre el clima en la tribuna, el entrenador reconoció la presión popular: “La gente está ansiosa, lo entendemos. Hace años que Zapla quiere salir de esta categoría y siempre está cerca. La hinchada empuja muchísimo, es un motor para nosotros. Cuando juega a favor, nos potencia”.
Consultado por el próximo rival, Sportivo Rivadavia, Zamarian fue prudente: “Rivadavia tiene grandes jugadores y una cancha difícil. Debemos mantener la humildad, ir partido a partido. Esto recién empieza. El objetivo es clasificar, y después veremos”.
El técnico también valoró el desempeño de Gabriel Tapia, autor del tercer gol: “Tapia se lo merece. Es un jugador que trabaja todos los días, que se reinventa. Hoy entró y cambió el partido. Tiene jerarquía y velocidad. Es un futbolista que está en crecimiento y demuestra que quiere ganarse su lugar”.
Por su parte, Agustín López, figura del mediocampo y autor del segundo gol, reflexionó sobre el triunfo: “Era un partido clave. Nos costó en el primer tiempo, pero nunca perdimos la fe. En el segundo mostramos carácter, jugamos más tranquilos y llegaron los goles. Esto es mérito del grupo, no de uno solo”.
Consultado por la presión del público, López fue sincero: “La gente exige y está bien. Zapla es un Club grande, la hinchada quiere ganar siempre. Nosotros lo entendemos. Esa presión nos empuja. Nos da fuerzas cuando las piernas no dan más”.
Finalmente, Gabriel Tapia, el héroe del cierre, no ocultó su emoción: “Entré con ganas de cambiar el partido. Vi el espacio, me animé y por suerte salió un lindo gol. Se lo dedico a mi familia y a toda la gente que siempre está. Zapla merece esto. Merece volver a ser protagonista”.
El plantel coincidió en un mensaje final: calma, trabajo y humildad. La victoria ante Monterrico Sur no es una coronación, sino un punto de partida.

Por: Nicolás Agustín Casas
