Al final fue un desliz de Jujuy Básquet

La noche en el estadio Federación fue un espejo cruel para Jujuy Básquet, un reflejo nítido de todo lo que el equipo supo construir con paciencia, carácter y trabajo colectivo, y también de todo lo que se le escurrió entre los dedos en los últimos segundos, cuando el básquet revela su costado más despiadado.

La derrota por 73 a 72 frente a Rivadavia de Mendoza, en el marco de la fecha 18 de la Conferencia Norte de La Liga Argentina, dejó una sensación espesa, casi física, de oportunidad perdida, de partido que se jugó con el corazón y se perdió por mínimos desajustes: un rebote largo que no se controló, un tiro libre que no besó la red, una ayuda defensiva que llegó medio segundo tarde.

Con el arbitraje de Gustavo D’Anna y Ariel Mukdsi, el encuentro se presentó desde el salto inicial como un duelo de identidades.

Rivadavia propuso un básquet metódico, de circulación paciente y lectura fina de los espacios, mientras Jujuy Básquet intentó imponer una intensidad emocional que por momentos se tradujo en vértigo y por otros en precipitación. La visita se adueñó del ritmo desde temprano, apoyándose en el pick and roll central como eje de su ofensiva, obligando a las ayudas defensivas y castigando con descargas limpias hacia los tiradores abiertos. Cada ataque mendocino parecía dibujado con regla: penetración, pase extra y lanzamiento sin oposición.

Jujuy, en cambio, comenzó el partido con una ofensiva fragmentada. Buscó el triple como salvación inmediata sin antes generar ventajas desde el juego interior o desde la rotación del balón. El ataque se volvió previsible, las posesiones se acortaron y la efectividad cayó en picada. Ese 30% en tiros de campo del primer cuarto fue el síntoma visible de un equipo incómodo, sin fluidez ni profundidad en la pintura. Rivadavia dominó el rebote defensivo, corrió la cancha cuando pudo y cerró el primer parcial con un 20-10 que ya marcaba una diferencia no sólo numérica, sino conceptual.

El segundo cuarto mostró otra versión del conjunto jujeño. Hubo ajustes en las marcas, mayor agresividad en la primera línea defensiva y una decisión clara de negar el pase interior. El partido se volvió más físico, más áspero, más cercano a una batalla que a una exhibición técnica. En ese contexto emergió Tarnowyk, encontrando su tiro desde la media distancia y atacando con decisión el aro, rompiendo la defensa desde la segunda línea. Grytsak, por su parte, sostuvo al equipo desde la fortaleza del poste bajo, cargando el rebote ofensivo y aportando segundas oportunidades que revitalizaron al local. Con 15 puntos, se transformó en el faro ofensivo de Jujuy Básquet.

La reacción fue real, pero Rivadavia no perdió la calma. Administró cada posesión como si se tratara de un cierre anticipado, jugando con el reloj, buscando tiros de alto porcentaje y castigando cada desajuste defensivo. La ventaja de 39-31 al llegar al descanso largo fue el resultado de una gestión inteligente del juego, sin estridencias, pero con una claridad táctica que sostuvo a la visita en control del marcador.

El tercer cuarto fue el tramo más denso y táctico del partido. Jujuy cambió su fisonomía defensiva, cerró los caminos hacia el aro y forzó pérdidas que le permitieron correr en transición. La presión sobre el base rival surtió efecto y el encuentro entró en una zona de tensión creciente. El tablero se apretó hasta quedar 46-44 cuando aún restaban cinco minutos, y el estadio empezó a latir al ritmo del suspenso. Sin embargo, allí apareció uno de los quiebres invisibles del juego: tres tiros libres desperdiciados en un momento psicológico favorable. En partidos cerrados, los libres no son un simple recurso estadístico, son una declaración de carácter. Rivadavia lo entendió de inmediato. Bernal asumió la responsabilidad ofensiva y, con un doble y un triple consecutivos, volvió a poner distancia en el marcador, llevando el partido a 57-53 y reinstalando su autoridad.

El último cuarto fue una secuencia de emociones extremas. Jujuy Básquet salió con furia competitiva, defendió alto, recuperó balones y construyó un parcial de 8-0 que obligó a Sebastián Saborido a pedir tiempo muerto. El estadio Federación explotó en un solo grito. El equipo jujeño pasó al frente 61-57 a falta de tres minutos y pareció tomar el control anímico del encuentro. Pero Rivadavia no se desordenó. Mostró temple, jerarquía y lectura fina de los emparejamientos. Buscó a sus hombres más confiables, atacó las ventajas defensivas y forzó faltas en momentos clave.

Pérez y Hunt Ramírez, este último máximo anotador de la noche con 19 puntos, se transformaron en los ejecutores del desenlace. A falta de 20 segundos, con el marcador 72-70 para Jujuy, llegó la jugada que selló el destino del partido: una descarga limpia, un paso atrás mínimo y un triple frontal de Pérez, seco, sin titubeos, que silenció al Federación. La última posesión del local fue un intento desesperado, sin claridad ni espacio. El balón no encontró el aro y el resultado quedó escrito: 73-72 para Rivadavia.

No fue una derrota más. Fue una de esas caídas que dejan enseñanza y cicatriz al mismo tiempo. Jujuy Básquet compitió, reaccionó, mostró carácter y estuvo a un lanzamiento de quedarse con el triunfo, pero volvió a pagar caro su irregularidad y la falta de precisión en los momentos límite. El registro ahora queda en 8 victorias y 10 derrotas, ubicándolo en la octava posición de la Conferencia Norte, en una tabla que no perdona distracciones.

La próxima parada será ante Salta Basket, en el estadio Delmi, un escenario históricamente adverso y exigente.

Allí, el equipo jujeño deberá recomponer su ánimo y ajustar su funcionamiento colectivo si pretende sostener su sueño de clasificación. La noche dejó una postal amarga: un equipo que rozó la victoria y resbaló en el último paso. Como si el básquet, una vez más, recordara que no alcanza con jugar bien durante gran parte del partido; hay que saber cerrarlo.

Porque en La Liga Argentina, la frontera entre la gloria y el silencio se mide en un lanzamiento. Y esta vez, ese lanzamiento cayó del lado visitante.

Por Nicolás Agustín Casas

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